
Todo mundo conoce a Cupido: un niño alado, carita regordeta de “yo no fui”, cargando un arco y un carcaj lleno de flechas. Parece inofensivo. Casi decorativo, como adorno de merengue en un pastel.
Pero cuidado: ese chiquillo es una auténtica máquina mitológica de destrucción emocional. Pocos recuerdan que su acta de nacimiento encierra una contradicción, y ahí está la clave de por qué el amor puede salirnos caro. Cupido -Eros, para los griegos- es hijo de Afrodita, diosa de la belleza, y de Ares, dios de la guerra. Su genealogía no es un chisme: es una definición.
En El banquete, Platón ofrece una genealogía igual de inquietante. Allí, Eros nace de Penía, la Pobreza, y de Poros, la Riqueza. El amor mezcla carencia con abundancia, hambre con saciedad, placer con dolor. El amante desea porque le falta; busca porque no tiene. Por eso el amor es una persecución perpetua, no descanso.
El poeta mexicano Xavier Villaurrutia (1903–1950) describió esta ambivalencia:
Amar es una sed, la de la llaga
que arde sin consumirse ni cerrarse,
y el hambre de una boca atormentada
que pide más y más y no se sacia.
Además, Cupido no juega limpio. Según el mito, carga dos tipos de flechas: las de punta de oro provocan amor inmediato; las de punta de plomo, rechazo. A veces Cupido te flecha con oro, pero al otro le dispara plomo. El resultado es un deseo unilateral, una relación imaginaria. Hoy se llama “visto” o “ghosting”.
La diferencia no está en la flecha, sino en lo que hacemos después del impacto. El amor inmaduro confunde intensidad con verdad; cree que, si duele, importa. El amor maduro, en cambio, no necesita sangrar para ser real. No humilla, no mendiga, no encadena. No convierte la carencia en espectáculo ni la ansiedad en entretenimiento. No es la guerra de Ares con perfume de Afrodita: es la decisión cotidiana de no herir y de no dejarse herir. Si el amor te desmantela a diario, no es amor; es dependencia tóxica.