
La regulación emocional no se enseña con regaños ni con frases como “no pasa nada”, sino con acompañamiento, ejemplo y lenguaje emocional desde casa; cuando ayudamos a nuestros hijos a reconocer y nombrar lo que sienten, les damos una herramienta que usarán toda la vida.
En la primera infancia (2 a 4 años), las emociones se viven en el cuerpo. Un niño que llora o se tira al piso no es “berrinchudo”, se siente frustrado. Aquí es importante prestarles tu voz: “Veo que estás muy enojado porque no te compré el juguete. Estoy contigo; vamos a respirar”. No buscamos que se calme solo, sino que aprenda a hacerlo.
En edad preescolar y escolar (5 a 10 años), ya podemos ampliar el vocabulario emocional. No todo es enojo o tristeza; podemos preguntar: “¿Te sentiste frustrado, decepcionado o nervioso?”. Leerles cuentos, jugar a poner caras o hablar de cómo se sintieron después de un día difícil, ayuda a integrar la emoción y el pensamiento.
En la preadolescencia y adolescencia, validar lo que sienten es clave. Frases como “entiendo que estés muy molesto, tiene sentido”, no significan estar de acuerdo, sino reconocer la emoción, luego viene el límite y la reflexión: “¿Qué podrías hacer distinto la próxima vez?”.
Regular las emociones no es controlarlas; es aprender a transitarlas sin lastimarse ni lastimar y eso se aprende viendo a un adulto que también se equivoca, se calma y pone palabras a lo que siente. La educación emocional empieza en casa, todos los días, con el ejemplo.