
Para muchas personas, marzo no trae el impulso que promete el inicio del año, sino una sensación persistente de cansancio mental, irritabilidad y dificultad para concentrarse. No es casualidad ni falta de voluntad; es un fenómeno cada vez más frecuente que tiene explicación desde la salud mental y el funcionamiento del cerebro.
Marzo suele marcar el verdadero arranque del año productivo. Terminan los periodos de adaptación, aumentan las exigencias laborales y académicas, además de que se acumulan responsabilidades económicas y personales. El cerebro, expuesto de manera constante a presión, urgencia y multitarea, entra en un estado de alerta prolongado que no le permite recuperarse.
Este estrés sostenido activa de manera crónica los sistemas de respuesta al peligro, eleva los niveles de cortisol y afecta regiones clave como la corteza prefrontal, responsable de la toma de decisiones, la atención y el control emocional. El resultado es una sensación de agotamiento que no desaparece con un descanso superficial; cuesta pensar con claridad, surgen cambios de humor y se pierde motivación.
A esto se suma el uso excesivo de pantallas, la falta de sueño reparador y la percepción de no estar cumpliendo con las expectativas propias o sociales. Todo ello contribuye a que marzo se viva como un tiempo particularmente pesado. La “vacuna” principal contra este agobio es ser más ordenado y recuperar las rutinas de estilo de vida que nos hacen distribuir nuestros esfuerzos y hasta tener más energía. El mejor ejemplo de estos cálculos lo representa el realizar alguna actividad física o ejercicio de manera regular.
Reconocer el cansancio mental como un problema de salud es fundamental. No se trata de “aguantar”, sino de entender que el cerebro también necesita pausas reales, límites y, en muchos casos, acompañamiento profesional. Atender la salud mental a tiempo puede marcar la diferencia entre un año funcional y uno vivido en permanente desgaste.