
¿Cuándo fue la última vez que usted se aburrió de verdad?
No me refiero a esperar unos segundos a que cargue una página o a permanecer unos minutos en una fila, sino de esos momentos en los cuales no había nada que hacer, ningún mensaje por revisar, algún video o una pantalla reclamando nuestra atención.
Durante mucho tiempo consideramos el aburrimiento como algo negativo. Una pérdida de tiempo que había que evitar a toda costa. Hoy, gracias a los teléfonos inteligentes y a las redes sociales, hemos logrado casi eliminarlo de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, el cerebro parece estar pagando un precio por ello.
Desde la neurociencia sabemos que los momentos de aparente inactividad tienen una función importante. Cuando dejamos de recibir estímulos constantes, el cerebro activa redes relacionadas con la imaginación, la creatividad, la reflexión personal y la consolidación de recuerdos. Es en esos espacios vacíos donde muchas veces aparecen nuevas ideas, soluciones a problemas o, simplemente, la oportunidad de escucharnos a nosotros mismos.
No es casualidad que cada vez más personas describan dificultades para concentrarse, sentirse inquietas cuando están solas o experimentar la sensación de que siempre necesitan estar ocupadas. Hemos entrenado a nuestra mente para evitar el silencio.
Paradójicamente, aburrirse puede ser una manera de cuidar la salud mental. Permitirnos caminar sin audífonos, sentarnos unos minutos sin revisar el celular o sólo observar lo que ocurre a nuestro alrededor puede funcionar como una pequeña pausa para un cerebro saturado de información.
Quizá el desafío de nuestro tiempo no sea encontrar más entretenimiento, sino recuperar la capacidad de estar a solas con nuestros pensamientos sin sentirnos incómodos.
Después de todo, algunas de las mejores ideas de la humanidad han nacido en momentos en los que alguien, simplemente, se estaba aburriendo. Hay que darnos la oportunidad de aburrirnos.
*Psiquiatra. Director Cisne México