T-MEC, sin proyecto

La negociación del Tratado de Comercio Libre (T-MEC), iniciada en vísperas de la Semana Santa, no quiso reconocer el problema central de las posibilidades de la integración productiva: México carece de un modelo nacional de desarrollo. El neoliberalismo se agotó en la liberalización arancelaria, y el populismo no quiere saber nada que no sean programas de bienestar social sin importar cómo están financiados.

Los primeros escarceos entre la administración Sheinbaum y la de Trump mostraron a un voluntarioso secretario de Economía, pero poco habrá de obtenerse en tanto que México, ahora, insista en poner por delante las prioridades del gobierno populista que dependen de un fortalecimiento del Estado, pero sin tener prácticamente nada que permitan redefinir el modelo de desarrollo necesario para la vecindad fronteriza.

El tratado en los gobiernos de Salinas a Peña Nieto se redujo sólo a la eliminación de barreras arancelarias que permitieran un incremento de las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos, pero sin tener iniciativas para fortalecer a la empresa privada en áreas intermedias, y el principal saldo negativo está a la vista: el porcentaje de integración nacional en productos de exportación ha bajado de   60 % a 40 % y son las de un país maquilador en camino a ensamblador.

El Plan México es un modelo teórico basado en buenos deseos, pero sin ninguna capacidad de decisión del Estado para dedicarle atención y, sobre todo, recursos públicos a la modernización de la planta productiva intermedia.

El ciclo de la 4T tuvo la oportunidad de evaluar con sentido crítico las fallas del tratado en el periodo 1994-2018, pero prefirió ponerle atención al uso del presupuesto público para programas de dinero regalado a la gente.

Y como se ven las cosas, la 4T no tiene el más mínimo interés en definir un programa de desarrollo industrial que permita sacarle mayores ventajas al T-MEC.

Así que seguiremos siendo los parientes pobres de la economía estadounidense.