
Seguramente, conocen unas cuantas historias de vampiros, seres de la oscuridad con poderes sobrenaturales que se alimentan de sangre. Sin embargo, ¿han escuchado hablar del vampirismo… clínico? Al menos habrán oído que, en ocasiones, la realidad supera a la ficción.
Pues, este es precisamente uno de esos escenarios, ya que en la historiografía de la psicología clínica se han documentado casos espeluznantes de personas que, no teniendo ni fuerza sobrehumana ni la habilidad de transformarse en murciélago, sufren el incontrolable deseo de ingerir o sentir la sangre.
Entre los parámetros técnicos, se ha descrito al vampirismo como un trastorno mental muy extraño, caracterizado por la parafilia hacia la sangre e, incluso, por la propia identificación de la persona como criatura vampiresca.
Un caso famosísimo es el de Peter Kürten, mejor conocido como “El vampiro de Düsseldorf”. Nació en 1883 en el núcleo de una familia extremadamente pobre y violenta. Se cuenta que tan sólo a los ocho años escapó de su hogar y entró, irremediablemente, a los círculos delictivos en los barrios bajos de Düsseldorf.
Aunque a lo largo de su juventud cometería múltiples atrocidades tanto allá como acá, no sería sino hasta 1925, ya teniendo 42, que comenzaría su sanguinaria etapa de asesino serial, que terminó en 1930 con su detención. Una mujer sobrevivió a su ataque y pudo reportarlo con las autoridades.
En los interrogatorios admitió, además de haber cometido 79 ataques, el gusto ocasional de beberse la sangre de sus víctimas, de ahí su rimbombante apodo.
Aterrador, ¿no lo creen? Pues les comento que igual de aterradores son los misteriosos ataques que agobian la Nueva España en El vampiro del virrey, mi última novela. ¡Se las recomiendo mucho!