
En las tundras del Ártico habitan diversos pueblos que han sabido adaptarse a las durísimas condiciones del clima. Los grupos que ocupan las costas de Canadá, Groenlandia y Alaska fueron conocidos por los europeos en el siglo XVII, gracias a las crónicas de diversos exploradores. Estos popularizaron la expresión ‘esquimal’ para referirse a esos pueblos. La palabra es despectiva, significa ‘comedor de carne cruda’. La utilizaban algunos vecinos de estos pueblos. El término con el que los pobladores árticos se nombran a sí mismos es ‘inuit’, ‘gente’.
No todos los inuit viven en iglús. Durante el invierno, la mayoría de ellos utilizaba una casa hecha de piedra y turba (una especie de carbón formado en los terrenos pantanosos). Se entraba a esas casas por un túnel subterráneo, para conservar el aire caliente. Durante el verano, vivían en tiendas hechas de piel. Su alimentación se basaba en la caza y en la pesca, rica en grasas para sobrevivir durante el invierno.
En la novela El país de las sombras largas, Hans Ruesch describe la vida en el Ártico. En este libro, hay una escena que siempre me ha impresionado. Un hijo mastica la carne y luego se la da a su madre para que ella pueda comerla. La anciana ya no tenía dientes; sin la ayuda de su hijo, no podría alimentarse.
Los inuit pierden tempranamente los dientes. Durante toda su vida mastican carne. Roen espinas de pescado para obtener calcio, tan necesario para sus huesos. Sin leche, sin vegetales, escasa luz solar, la obtención y asimilación del calcio es problemática. Seis meses de noche, entre hielos, una dieta basada en pescados y grasa de osos y morsas, descalcifican el sistema óseo de cualquiera.
Hoy, muchos de estos poblados son ricos, gracias al petróleo. El dinero ha cambiado sus hábitos alimenticios y la comida chatarra invade el país de las sombras largas, sobre todo en Alaska. ¿Cómo ven?
Sapere aude ¡Atrévete a saber!
@hzagal