La decena trágica

hablan de narcoterrorismo y otros luchan –imploran- que no se haga del bombazo una apología del crimen organizado.
Sin embargo, cuando hay una guerra (como insiste en llamarla el gobierno calderonista) es imposible negar que hay terror y, si no, ahí están las familias de los 27 mil mexicanos que han perdido la vida en este sexenio.
En su defensa, los unos, argumentan que no es narcoterrorismo, porque los delincuentes no pretenden imponer ideología ni modificar estructuras del poder (sic). Los otros -entre ellos, los “hombres y mujeres de a pie”- espetan que no se reconoce la dimensión del conflicto y que la violencia nos desborda.
No hay medidas efectivas de contención; los soldados ya son insuficientes y ni qué hablar de las policías. En pocas palabras, no hay estrategia: Secuestros, piratería, trata de blancas, venta de protección, extorsión, narcobloqueos, masacres (la más reciente de ellas en Torreón), atentados políticos, combates, “granadazos” y ahora, hasta coches-bomba detonados por teléfono.
Le guste o no al señor Calderón, el mexicano fue metido en una “guerra” donde nadie le recordó (y le advirtió) que todo sacrificio conlleva consecuencias.
Si el propio gobierno no reconoce la dimensión del conflicto y el grado de especialización alcanzado por el crimen organizado, cuya respuesta es evidente, así se enojen los exquisitos, lo cierto es que la década de la alternancia panista no sólo son diez años de pérdidas en el terreno democrático y político, sino el panorama de una verdadera decena trágica.
La solución no se vislumbra a corto plazo, máxime cuando el estratega no es capaz de reconocer que el narco mutó hacia el terrorismo y que demuestra mayor capacidad para explotar las debilidades de la policía y su Ejército.
La “guerra” calderonista, pues, tiene un durísimo primer revés en el efecto sicológico que causó el narco-atentado sobre las tropas del gobierno y, desde luego, en la población inerte a la que le robaron su país.