No hubo anuncios espectaculares ni oradores. En realidad, no se necesitaron.
La indignación tomó las calles del Distrito Federal, de diferentes ciudades del país, y se hizo eco de una sola exigencia: Seguridad.
México no merece lo que vive; no merece al político que es tan corrupto que acepta un salario a cambio de no entregar resultados. No merece al que alimenta a su familia con la sangre y el sufrimiento de otra. No merece tomar las calles para ser, nuevamente, ignorado.