De incongruencias y “trompiezos”…

Hoy, sin mayor afán que tratar de entender el desorden que impera, hagamos una reflexión: Qué son más importantes, ¿las aficiones melómanas del presidente; las declaraciones ingenuas de un cantante extranjero; los 49 pequeños asesinados por la corrupción o que, hoy, todos se sientan bien mexicanos para defender a los connacionales que aquí nos encargamos de expulsar, por no ofrecerles trabajo?
De seguro Felipe ya tarareaba Calle Melancolía cuando fue precisamente su ídolo Joaquín Sabina quien vino a robarle el mes de abril. Bastó un desbarre para que el juglar de marras se ganara una comida –mariachi incluido- en Los Pinos, sitio vedado para los padres de 49 pequeños que perecieron a causa de la negligencia y corrupción en una guardería subrogada en Sonora.
El episodio protagonizado por Calderón y Sabina, pudiera rememorarse con asaz divertimento, a no ser porque la institución presidencial resulta, una vez más, golpeada por su propio titular.
La vanidad del presidente fue tocada cuando al comienzo de su gira por México, el cantautor hispano declaró que Calderón fue “ingenuo” al plantear su lucha contra el narcotráfico, y que esa guerra no la podía ganar ni él ni nadie.
Muy en su papel, el primero en responder fue el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, quien tal vez por la popularidad del artista, no amenazó con aplicar el artículo 33 constitucional -que prohíbe a los extranjeros inmiscuirse en asuntos de política nacional- y reconoció, en cambio, su derecho a opinar sobre un tema universal, como es el problema del narcotráfico.
El asunto pudo terminar ahí, a no ser porque tal vez albergando la ilusión de que Sabina se retractaría, Calderón le extendió una invitación para almorzar en Los Pinos.
Aparte de que ninguna disculpa se produjo –comprobándose la ingenuidad del jefe del Ejecutivo-, el almuerzo da pie a severos cuestionamientos:
¿Por qué se negó a recibir a los padres de los niños trágicamente muertos en la guardería ABC de Hermosillo?; ¿por qué no tomó en cuenta su calidad de ciudadanos mexicanos y su derecho a ser escuchados?
¿Por qué en lugar de cumplir con la obligación de un desagravio, los discriminó y despreció?
Un caso para la reflexión, sobre todo ahora que con la verborrea acostumbrada ya se “censuró” la ley SB1070 que criminaliza al inmigrante en el estado de Arizona, pero ni se presentan quejas formales ni mucho menos se acepta que antes de caer en el chauvinismo y exigir la cabeza de la “goberneitar”, la migración ilegal persiste –y aumenta- porque nadie se preocupa por ofrecer trabajo a esos millones de connacionales que serán “cazados” por ir en busca de lo que su país les niega.
Sin duda, en Los Pinos se saben el coro, pero les tiene sin cuidado que a la percepción del desorden se agregue una sentencia internacional: México carece de estructura para crecer.
Parece que, en efecto, nos darán las diez y las once, las doce y la una y las dos y las tres…