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Calderón y sus ¿prioridades?

 

Algo debe pasar en un país cuando la palabra se utiliza como distractor; se manosea la promesa y no se honra el compromiso.

La muestra elocuente proviene del mismo Jefe del Ejecutivo, que frente a los graves problemas no es capaz de articular un mensaje claro y congruente.

Hoy, decantado por la realidad que le desborda, el discurso del presidente Calderón no es oportuno, sino oportunista, pues si hoy se celebra el Día Mundial de la Salud, nos dice que ella es la “prioridad” de su gobierno y que, para garantizarla, se destina el mayor de los presupuestos y las acciones preferenciales.

Resulta, sin embargo, que en otras ocasiones ya ha dicho que su “prioridad” es el empleo; en otras, que es la seguridad pública, la educación, la vigencia del estado de derecho, la estabilidad económica o la reducción de la pobreza.

Frente al zigzagueo, cabe la pregunta: para usted, señor Presidente, ¿qué significa la palabra prioridad?

La respuesta no es asunto menor, si se toma en cuenta que no es líder ni guía aquél que hoy apunta al sur y mañana al norte, como tampoco el que a todas le tira y a ninguna le atina.

México necesita una institución presidencial fuerte y respetable hacia el interior de la República. Para ello, es indispensable que el Presidente dé valor a su palabra; que no separe, sino que vincule; que no provoque recelos, sino confianza; que no genere abstención, sino participación ciudadana en todo cuanto tenga que ver con la vida pública.

El Jefe del Ejecutivo no debe olvidar que la palabra conmueve y el ejemplo arrastra; por ello, ha de asumir la congruencia como  uno de los más valiosos insumos de confianza que, a su vez, resulta “prioritaria” para la articulación y la protección del tejido social.

La lealtad debe ocupar un lugar especial en la palabra veraz y en la actuación ética del Presidente, pues como se sabe, a ésta semánticamente se le define como la firmeza en los afectos y en las ideas que llevan a no engañar ni traicionar a los demás.

Se necesita, en suma, que haga de la verdad  su pendón, escudo y lanza. Si no lo hace así, triste e irremediablemente pasará a la historia como otro más de los gobernantes demagogos y mediocres.

 
 


 

     
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