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Ciudad Juárez, luz ámbar encendida

 

Los recientes acontecimientos en Ciudad Juárez ofrecen múltiples lecturas y convierten a la ciudad fronteriza en una luz ámbar encendida no sólo para el gobierno mexicano, sino para el mundo, en especial para Estados Unidos.

En efecto, está por demás claro que el problema del narcotráfico es un cáncer que, en mayor o menor grado, amenaza la salud pública y seguridad de todos los Estados que, hasta ahora, no se coordinan con la eficacia y eficiencia que debieran.

Por ello resulta injusta la visión de Janet Napolitano, secretaria de Seguridad Interna de Estados Unidos, quien recientemente aseguró que la decisión de desplegar al Ejército mexicano no sirvió para contener la ola de violencia que ya cobró la vida de tres personas ligadas al Consulado de su país con sede en la ciudad fronteriza.

La señora Napolitano debiera reconocer que las páginas de violencia y muerte que todos los días se escriben  en México y con mayor crudeza y salvajismo en Ciudad Juárez, no son sino el trágico resultado de que Estados Unidos ha funcionado desde hace mucho tiempo  como el mercado de drogas más grande del mundo, lo mismo que como la catedral del tráfico de armas utilizadas y adquiridas con asombrosa facilidad por grupos que desprecian la vida y los derechos humanos.

Lo procedente, por lo mismo, es que bajo el irrestricto respeto a la soberanía e independencia de los Estados, se logre una efectiva coordinación internacional y un combate integral a las mafias que, hoy, por hoy, han venido ganado terreno en perjuicio de la niñez y la juventud que constituyen la mayor riqueza de los pueblos.

Y cuando se habla de combate integral al grave fenómeno de la delincuencia organizada, es preciso entender que se trata de un problema bilateral y, también, que declaraciones como que el despliegue del Ejército “no ha ayudado en nada”, es ver la aguja en el ojo ajeno.

Coordinación conlleva que gobiernos    –de aquí y de allá- no estén debilitados por la  ineptitud y la corrupción, pero también participación de sociedades que no estén discapacitadas por el escepticismo y la desesperanza.

Los pueblos verdaderamente unidos y auténticamente libres son más fuertes que toda clase de mafias y tiranías.

Entre esa clase de pueblos, debe estar el mexicano.

 
 


 

     
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