Gobiernos empobrecedores del pueblo

A estas alturas, ha quedado por demás claro que los gobiernos del cambio o de la alternancia, resultaron tan corruptos y empobrecedores del pueblo, como los surgidos del hoy recuperado Partido Revolucionario Institucional.
Sucede, en efecto, que según un estudio de la Facultad de Economía de la UNAM, para cuando concluya el presente 2010, los mexicanos de todos los estratos sociales habremos perdido 51 por ciento del poder adquisitivo del dinero, sin que se vislumbren posibilidades ciertas de recuperación.
Para afrontar la recesión global y cubrir el boquete por más de quinientos mil millones de pesos que produjeron la caída de las remesas, la baja de la producción petrolera y el desplome de los precios internacionales del energético, el presidente Felipe Calderón optó por la receta de la voracidad fiscal, muy a pesar de que, una y otra vez, ésta ha demostrado que no resuelve ninguna crisis y que sí, en cambio, multiplica los estómagos vacíos con sus consecuentes riesgos de violencia y de estallidos sociales.
En esta línea se inscribe el incremento a las tasas impositivas del Valor Agregado (IVA), Sobre la Renta (ISR), y el Especial Sobre Producción y Servicios (IEPS), rubro donde se incorpora el aumento despiadado
a los cigarros y las cervezas.
En lo que respecta al IVA, se pretendió revolcar a la gata, pues los alimentos básicos y medicinas quedaron exentos del tributo, pero el fisco bien que se recuperó al aparecer otros, como el de telecomunicaciones, que grava con un 3 por ciento la telefonía fija, celular y televisión por cable. Contra los hechos, no hay argumentos valederos.
Uno de ellos, tan visible como el sol, es que el país padece un régimen fiscal esencialmente injusto y contrario a los requerimientos de su desarrollo económico.
Las equivocadas políticas hacendarias, lo mismo que el fenómeno de la corrupción que no ha sido abatido, mucho tienen que ver con la tragedia de los patrimonios perdidos; con la emigración creciente y la cifra cada vez mayor de mexicanos que mueren en busca del falso paraíso del norte; con la miseria, en suma, de millones de mexicanos, sobre todo indígenas y campesinos.
Frente al sombrío panorama, urgen rectificaciones de forma y de fondo; de modo que en lugar de golpear, se proteja y estimule a la planta nacional productiva; que se reduzca en serio y de manera efectiva el gasto corriente; que se le corten las uñas a los pillos y que el Estado, por fin, se convierta en el garante y promotor de un país donde a nadie le falte ni techo, ni vestido, ni el pan de cada día.