Altruismo y su dimensión social

 

En los inventarios de la sociedad mexicana hay conductas individuales y colectivas que alientan y gratifican, pues demuestran que existen enormes reservas de servicio y solidaridad que hacen vivir y vibrar la esperanza.

Tal es el caso del altruismo, o del amor al prójimo, el cual, hoy por hoy, constituye la clave o la llave de la exitosa convivencia social.

¿Cuál debe ser el grado de justicia y reconocimiento que merece el trabajo desplegado por quienes corren a las zonas de desastre para asistir a los uno y mil damnificados que perdieron su casa y sus cosas logradas a base de sudor y fatiga?

¿Qué decir de aquellos que lo practican junto a la cama de un enfermo o al lado de un anciano, cuya única compañía es la de los lejanos y dorados recuerdos de sus pasadas primaveras?

Pensemos en el esfuerzo heroico y generoso de quienes remontan montañas y recorren veredas con el sol a plomo para llevar las primeras letras a los marginados.

Ahí están quienes luchan y trabajan para combatir el sida y el cáncer infantil; cuentan, también, quienes fundan albergues y comedores para suavizar un poco el rasposo tejido de la miseria y la indigencia. Se trata, sin duda, de reservas humanas que, a diferencia de los quijotes en engorda que desprestigian la noble función de la política, en verdad viven para servir y sirven para vivir.

Se trata, igualmente de expresiones correspondientes a la más limpia participación ciudadana que pretende construir un país cada día mejor.

Quizá sin proponérselo, esas vitales reservas de altruismo se han convertido en factor que coadyuva al logro de metas de bien común que, en virtud de su propia naturaleza, corresponden al gobierno y al Estado Mexicano.

Éstos, por tanto, debieran estimular y reconocer sin rodeos que las actividades del sector no lucrativo se ubican en el corazón mismo de los auténticos procesos de desarrollo.

Más todavía cuando, por fortuna, se han superado las concepciones restringidas del pasado para entender, ahora,
que el altruismo, que el amor al prójimo, debe estar no sólo presente en las actividades de asistencia y beneficencia, sino también en las educativas, formativas, cívicas, artísticas y recreativas.

Así sucede porque la escala del altruismo es ascendente, pues pasa de lo individual, a la universalidad, de lo social y lo humano.

 
 


 

     
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