El escándalo de la miseria y la opulencia

 

Mientras el presidente Felipe Calderón dijo que la crisis económica internacional hizo que se pasara de 14 a 20 millones de mexicanos que viven en lo que se llama “pobreza alimentaria”, Justini Thody, directora regional para América Latina de The Economist Intelligent, vaticinó que en el 2010, el crecimiento económico del país apenas alcanzará el 2.8 por ciento.

Se trata de dos planteamientos que es necesario desmenuzar bajo juicios enérgicos, pero objetivos.

En cuanto a lo dicho por el jefe del Ejecutivo Federal, conviene precisar que una persona es considerada como “pobre alimentario”, cuando su ingreso mensual es menor a los 949 pesos, y no puede comer tres veces al día.

Al presidente Calderón se le puede juzgar como honesto, esto en virtud de que la cifra que ofreció, coincide con los datos presentados por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), organismo encargado de la medición de la pobreza en nuestro país.

También se puede pensar que su franqueza raya en el cinismo, pues sin recato alguno, exhibe el fracaso de su partido que por años se presentó como el abanderado del cambio, y de él en lo personal, cuando a pesar de las evidentes realidades adversas, la promesa de una vida mejor la mantiene como eje de su demagógica estrategia publicitaria.

Por lo que se refiere al vaticinio de Justini Thody, resulta desalentador y, para colmo, peca de optimismo, pues están a la vista diversos factores que pueden ser causa de que el crecimiento económico de México, esté incluso por abajo del 2.8 por ciento que ella avizora.

Pero más allá de todo lo dicho, no se debe perder de vista que detrás de esos pronósticos y de esas cifras frías y abstractas, están millones de personas de carne y hueso; de hombres y mujeres en situación de hambre, enfermedad y miseria que contrasta con las inmensas riquezas amasadas por unos cuantos, casi siempre al amparo de la inequidad, la ineptitud y la corrupción.

El contraste, el choque de la miseria de millones contra la opulencia de unos pocos, constituye el escándalo de nuestro tiempo que nadie, de buena voluntad, puede admitir ni mucho menos tolerar.

Nuestro desafío es doblegar las leyes del mercado egoísta y salvaje a la justicia y la solidaridad. Ese es el único camino para asegurar que México, nuestra entrañable nación, sea cada vez más fuerte y más respetable.

 
 


 

     
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