
Rechazo a conductas
antisociales
El secuestro del avión que por fortuna no culminó en tragedia y que muchos califican de pantomima tragicómica, lo mismo que la balacera registrada en la estación del Metro “Balderas”, que sí tuvo como saldo grave la muerte de un civil y de un policía, son hechos distintos pero de cualquier manera signos del creciente desprecio a la vida y al derechoajeno, propio de un estado en buena medida fallido y en franco proceso de descomposición.
Para precisar el anterior concepto, vale recordar que junto a los gobernantes, los catedráticos, los periodistas, los trabajadores, empleados y campesinos, formamos parte del Estado mexicano que no es abstracto, sino realidad cotidiana cargada de angustias y dolores, pero también de sueños y esperanzas.
Es en esa realidad cotidiana donde no son pocas las voces que se emiten en tono de queja frente a la multiplicación de todo tipo de conductas antisociales o, de plano, criminales, cuya irracionalidad y crueldad asombran y escandalizan a la opinión pública nacional e internacional.
Es de considerarse, sin embargo, que en lugar del asombro, de la irritación y del espanto, debe hacerse un buen diagnóstico, indispensable para detectar y suprimir las causas de esas conductas destructoras de nuestro tejido social, que acaban por convertir a nuestro cuerpo político en algo cada vez más frágil y vulnerable.
En la línea del diagnóstico, procede la afirmación de que urge desterrar el egoísmo y globalizar la solidaridad.
Se necesita, igualmente, que gobernantes y gobernados impulsemos con perseverancia y valentía la cultura de legalidad.
Si faltan leyes claras y justas que moderen los egoísmos y regulen con justicia la convivencia social, si éstas no se aprecian ni se respetan, la fuerza tenderá a prevalecer sobre la justicia y la arbitrariedad sobre el derecho, con la consecuente involución del humanismo edificante al salvajismo destructor.
El respeto a la legalidad está llamado a ser no sólo un acto formal, sino compromiso individual y colectivo que, en el orden de lo moral y de lo ético, encuentre su estímulo en lo racional. A todo esto, ha de añadirse la necesidad de que existan estructuras sociales, económicas y políticas que generen igualdad de oportunidades para disfrutar, mediante el trabajo, el derecho al bienestar.
Se trata, desde luego, de conquistas nada fáciles, pero no se olvide que ningún sueño se convierte en realidad sin esfuerzo ni participación.