
Y otra vez, que pague el pobre
Por sorprendente que parezca, el gobierno vuelve a la carga en contra del pueblo. El paquete económico que el secretario de Hacienda presentó (digan lo que digan los testaferros) es una muestra de la nula intención de cambiar.
Los evasores; los poderes fácticos y las grandes empresas –esas que no pagan impuestos- están de plácemes, porque la escasa visión de miras del gobierno arremete, de nueva cuenta, contra los que siempre pagan: el contribuyente cautivo.
Con el disfraz de “combatir la pobreza”, el errático paquete económico calderonista para el 2010 propone la creación de un impuesto de 2 por ciento al consumo, mismo que incluye alimentos y medicinas.
Dicho en pocas palabras: El gobierno que no veía más que un “catarrito”, ahora propone gravar al pobre, para “ayudar” al pobre.
Saltan a la vista contradicción y voracidad recaudatoria, pues como tantas voces lo han afirmado, el impuesto al consumo es injusto y de él no escapan ni los pobres, ni los indígenas, ni los campesinos que tienen que cubrirlo a la hora de comprar lo más esencial para su subsistencia.
Por si fuera poco, la propuesta de gravar aún más las telecomunicaciones condena a México a continuar rezagado en la materia, mientras el sedicente adelgazamiento burocrático tiene más efectos mediáticos que efectivos.
La desesperación por obtener recursos para “tapar” el impresionante déficit convierte a la enfermedad y el hambre en oportunidad de impuesto en perjuicio, precisamente, de millones de pobres que no tienen para comer tres veces al día y que, por ello, están más expuestos a la enfermedad y la muerte.
Cierto es que todos tenemos la obligación de contribuir a los gastos públicos, tanto de la Federación como de los estados y municipios, pero lo que no se explica es la necedad de privilegiar al rico (que en teoría debe pagar más) y empobrecer al que vive al día.
En manos de la Cámara de Diputados está meter en cintura el desbocado apetito de los tecnócratas y en lugar de inhibir el consumo con un impuesto más, impulsar el desarrollo y distribuir el ingreso nacional conforme a los requerimientos de la equidad y la justicia.
Esa es la responsabilidad y desafío que pesa sobre la representación nacional y la pregunta otra vez es la misma: ¿la Cámara de Diputados se comportará a la altura?