
Austeridad imperativa
Frente al imperativo de austeridad, días después del exhorto que formuló el Congreso de la Unión, el presidente Felipe Calderón publicó en el Diario Oficial el decreto que modifica la Constitución para que ningún servidor público gane más que el titular del Ejecutivo Federal, quien devenga un sueldo de 146 mil 830.21 pesos mensuales.
Legislación plausible, en cuanto respondeal reiterado reclamo de la sociedad hacia una clase política que se distingue no sólo por sus ofensivos ingresos salariales, sino también por sus múltiples actos de corrupción.
Lo cierto, sin embargo, es que para suprimir el cada vez más intolerable contraste de una clase política rica y de un pueblo empobrecido hasta el extremo, no basta la publicación de uno y mil decretos, sino que se necesita, fundamentalmente, de una reconversión ética no sólo en las estructuras del poder, sino también de la sociedad.
Para entenderlo así, resulta indispensable reconocer que el egoísmo, que la “transa” no sólo se da del gobernante hacia el gobernado, sino también del ciudadano hacia el ciudadano.
Tal es, en efecto, una de las causas principales de que la nuestra sea una sociedad desconfiada y débil por desarticulada; incapaz, por lo mismo, de resolver sus problemas y de ahogar al mal con la abundancia del bien.
Si en esta hora de crisis económica la clase política no asume la austeridad por vocación y disposición solidaria, que lo haga, al menos, por el recuerdo de las experiencias históricas que dan cuenta de oligarquías vencidas mediante la violencia fratricida y el estallido social.
El hambre es y será siempre una mala consejera; la exhibición de riqueza de pocos ricos frente a muchos pobres, ha sido y será una provocación.
Se requiere que estas enseñanzas de la historia las tomen en cuenta especialmente las dirigencias de los partidos políticos que, contra la manifiesta voluntad ciudadana, mantienen intocado el estratosférico monto de su financiamiento público, convertido en una carga cada vez más pesada para el angustiado y sangrado pueblo mexicano.
Ellos, más que nadie, en esta hora difícil para México, tienen la última palabra.