
Los ineptos en su casa y los corruptos en la cárcel
México no es un país pobre, sino que ha sido empobrecido por la aplicación de programas de diferentes signos y colores, pero en los que siempre ha estado presente el cáncer de la corrupción que todo carcome y todo destruye.
Para demostrarlo, basta con acudir al ejemplo de moda: el Programa de Apoyos Directos al Campo (Procampo), cuyo primer padrón se hizo un poco antes de las elecciones de 1994, cuando Carlos Salinas de Gortari era presidente y Carlos Hank González su secretario de Agricultura.
El hecho incuestionable es que no sirvió para capitalizar y desarrollar al agro mexicano, como tampoco para que nuestros campesinos disfrutaran de los bienes del progreso, sino para profundizar la inequidad y propiciar la corrupción administrativa en el manejo de cuantiosos recursos del erario.
Sus cifras lo demuestran: mientras 75 por ciento de los agricultores han recibido un aproximado de 2 mil pesos anuales, 25 por ciento restante ha obtenido 3 millones al año.
Ni los segundos y mucho menos los primeros, han podido ser verdaderamente competitivos frente a canadienses y estadounidenses, que reciben sustanciales apoyos financieros y sí pueden disponer de un crédito fácil, oportuno y barato.
No es de ignorarse que el problema se suma a otro de tipo sistémico a causa principalmente del parvifundismo que, como se sabe, radica en la pequeñez de la parcela asignada a los ejidatarios, con la cual a final de cuentas no se cumplen objetivos de justicia social y mucho menos de alta productividad.
Algo semejante puede decirse de tantos otros programas como el de ProÁrbol en el que ha abundado el pillaje, como de los puestos en marcha por la Secretaría de Desarrollo Social que en lugar de rescatar, han hundido en mayor pobreza y miseria a millones de mexicanos.
Frente a este indignante panorama, queda claro que la famosa alternancia en el poder se redujo a un “quítate tú para ponerme yo”, que de ninguna manera se inscribe en el cambio rápido y radical que anhela el pueblo mexicano.
Se requiere, en efecto, un cambio de estructuras; un nuevo modelo económico y, sobre todo, un régimen donde los ineptos estén en su casa y los corruptos en la cárcel.