El rescoldo de la pandemia
Frente a la adversidad, solidaridad

En los inventarios de la sociedad mexicana hay conductas individuales y colectivas que alientan y gratifican, pues se inscriben en los recursos vitales de la responsabilidad y solidaridad.
Hablar de solidaridad es referirse a algo trascendente y dinámico, inquietante y lleno de energía, pues convoca a no ser simple observador del acontecer humano, sino protagonista en una sociedad donde todos somos responsables de todos.
Si algo tiene de “rescatable” el brote de influenza humana que nos preocupa y ocupa, es que frente a la embestida de la adversidad respondemos, una vez más, con esa virtud tan propia del pueblo mexicano.
Está claro que el edificio de los derechos humanos se erige sobre la piedra angular del derecho a la vida y la salud que asiste a los hombres de todas las razas, de todos los credos, de todas las condiciones económicas y sociales.
Más allá del sospechosismo; de las afirmaciones necias, y hasta las infaltables teorías de la conspiración -independientemente de las excepciones que confirman la regla-, puede afirmarse que tanto gobernantes como gobernados actuamos conforme a esta correcta jerarquía de valores demostrando, además, que el sentido común no es ajeno a nuestra comunidad política.
En medio de todo esto, es pertinente reconocer el mérito de no pocos empresarios que en aras de la salud pública (que no es ajena a la de ellos y de sus familias) se vieron en la necesidad de cerrar y asumir pérdidas económicas de distintos montos y tamaños.
Algo semejante puede y debe decirse de los muchos empleados y trabajadores que van al día y que su situación se ha agravado en virtud de su temporal falta de ingreso.
Reconocimiento sin regateos, merecen asimismo, los pueblos y gobiernos que han dado a la emergencia su justa dimensión y que, sin caer en infundadas exageraciones, mantuvieron sus fronteras abiertas para nuestra nación y nuestros connacionales.
Sea también nuestro justo reclamo para aquellos que no lo hicieron y que olvidan que mañana pueden sufrir lo que nosotros hoy padecemos.
Queda claro que en este mundo sí es posible la globalización de la solidaridad, que convoca a dar sin arrogancia y a recibir sin humillación.
Frente a la prueba del ácido, en medio de la adversidad, conviene entender que a pesar de los avances científicos y tecnológicos, la familia humana no deja de ser vulnerable y que su posibilidad de sobrevivencia depende de la hermandad.
d pública para regresarla al bienestar social, pero también debe llevar a los ciudadanos a una educación para la salud.