Colosio, historia de olvido, ingratitud
e impunidad

Duele decirlo y más reconocerlo; pero tanto por la distorsión, como por la indiferencia predominante hacia la verdadera historia de México, el nuestro pareciera ser un país convertido en el reino de la impunidad.
Pareciera que el nuestro es un pueblo ingrato; una nación sin memoria que a 15 años de distancia pretende desconocer el magnicidio de Luis Donaldo Colosio, ex candidato presidencial del Partido Revolucionario Institucional, que –reza la maniquea historia oficial- cayó bajo las balas de un presunto sicario solitario.
Perpetrado el 23 de marzo de 1994, en Lomas Taurinas -uno de los barrios marginales de Tijuana, Baja California-, del hecho nadie parece acordarse, tres lustros después.
Régimen distinto al que gobernaba entonces, no resulta extraño que se carezca de pronunciamiento oficial; llama poderosamente la atención, en cambio, una deslucida y desairada ceremonia con que el partido del extinto abanderado presidencial desistió de clamar justicia y el esclarecimiento real de los hechos.
Con su silencio dieron un espaldarazo a esa impunidad que ellos mismos se encargaron de inventar en México.
Sin discurso de la presidenta en funciones, la tlaxcalteca Beatriz Paredes, en el PRI se optó por desvelar un busto más (otro) y ceder la palabra a un personaje lejano al primer círculo, Heriberto Galindo Quiñones, adiestrado para responder al vociferante y grisáceo líder del PAN, Germán Martínez.
Así, con honras evidentemente forzadas, marcadas ausencias y un silencio postrimero, del asesinato de Colosio Murrieta sólo queda un nuevo busto; muchas hipótesis y la burla de la plutocracia que se vio amenazada por el peligroso viraje de su discurso.
Sin duda, la ingratitud y el olvido se convierten en ingredientes que favorecen la impunidad y, de manera paralela, alimentan las leyendas de la teoría conspirativa.
La opinión pública nacional e internacional, a pesar del silencio deliberado no se traga -ni se tragará- la rueda de molino del homicidio del demente solitario con la que se pretende falsear lo que, para la mayoría, fue un asesinato de Estado, cuyos responsables intelectuales disfrutan de libertad y… fuero.
Mientras tanto, millones de mexicanos seguimos sobreviviendo en el país que Colosio vio: el México “con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de autoridad o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales…”
Sobre esta historia de olvido, ingratitud e impunidad, a pesar de las efigies y los recursos retóricos, habrá de darse la participación ciudadana que, por fin, construya una patria que a todos cobije y proteja.