Inseguridad pública, ¿fruto de un Estado fallido?
La verdad se corrompe tanto con la mentira como con el silencio.
Cicerón
Tras la multitudinaria marcha “Iluminmos México”, celebrada en la capital de la república el 30 de agosto del 2008, fueron los propios poderes de la Unión los que se dieron un plazo de 100 días para ofrecer resultados en materia de seguridad pública.
De hecho, en un cónclave más mediático que efectivo, se firmó el Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad, marcado por el reto del empresario Alejandro Martí, quien exigió la renuncia de los ineptos.
A poco más de 200 días del fatuo montaje, los resultados saltan a la vista: la impunidad se regodea y, acaso por necesario desahogo, es más relevante hablar del pisoteo televisivo a la ley electoral; del culebrón encabezado por el boquiflojo ex secretario de Comunicaciones, Luis Téllez; del revuelo causado por la primera dama francesa, Carla Bruni, entre los senadores, y de la interminable cuesta de enero, febrero, marzo, más los meses que le caigan, cual tsunami, al constipado peso.
Del combate al crimen organizado sólo tenemos magros avances con disfraz de epopeya y, por sobre todas las cosas, la inequívoca percepción popular de que en lugar de mejorar, las cosas empeoran.
Empeoran desde el mismo momento en que el Estado se contenta con lanzar mensajes de aliento. Empeoran en el instante en que nos permitimos hablar de un Estado fallido y brilla por su ausencia una respuesta contundente ante la presunción estadounidense de que vamos camino de ser la “Colombia de la década pasada”.
Asumirlo es tanto como ceder ante el crimen organizado y renunciar a la convicción de que sí es posible lograr un México seguro y un país mejor.
No reaccionar ante intereses injerencistas es reconocer que no somos capaces de organizarnos y mantenernos de pie; que declinamos a ser ciudadanos en pleno cumplimiento de nuestros derechos y deberes.
Mencionar que en los últimos 3 años, 48 millones de mexicanos fueron víctimas de diferentes delitos (la mayoría de ellos impunes) y creer que todo se arreglará con acuerdos inconclusos es atentar contra la memoria histórica.
México merece más que frustración y desencanto. Es momento de actuar, convencidos de que somos muchos los millones de ciudadanos que valemos más que aquellos que pretenden amedrentar.
Las únicas batallas condenadas a perderse, son aquellas que no comienzan y no se mantienen.