Ahorro, imperativo tridimensional

En medio de la turulencia financiera y la crisis económica que ya afecta gravemente a nuestro país; cuando se pierden millares de plazas de trabajo y la producción resulta insuficiente ante el crecimiento de la población, el ahorro se convierte en incuestionable imperativo de carácter tridimensional.

Al  ahorro se le define como aquello que no se consume y se reserva para satisfacer necesidades posteriores, o como el sacrificio del presente en favor del futuro, pero desde el punto de vista ético y económico, el ahorro obliga a particulares, a instituciones del poder público y a dueños del capital.

Decimos que alcanza a todos y cada uno de los ciudadanos porque, sin depender de la voluntad de terceros, todos podemos evitar el desperdicio del agua, de la energía eléctrica, de todos los bienes y servicios que, en tiempo de crisis, se encarecen y cada día se hacen más escasos.

Sí, en el terreno de nuestra propia voluntad está el rechazar al consumismo que seduce, que empuja a comprar lo que no se necesita y que tanto promueven las oligarquías financieras mediante sus publicistas y modernos medios de comunicación social.

El ahorro es disciplina y virtud personal, pero en las instituciones públicas se convierte en irrenunciable obligación.

Criticable, por lo mismo, resulta la vida faraónica que se dan los servidores públicos de alto nivel, los líderes partidistas, los señores senadores y diputados que se pronuncian en favor de la “austeridad”, pero que son incapaces de renunciar a sus privilegios en aras de la solidaridad frente a los millones que poco o casi nada tienen.

Frente a los dueños del capital, fortunas amasadas en el reino de la inequidad, vale recordar que sobre todo recurso pesa una hipoteca social y que, desde la perspectiva moral, nadie tiene derecho a lo superfluo mientras la inmensa mayoría carece de lo indispensable para vivir con dignidad.

El desafío, entonces, es que particulares, instituciones públicas y beneficiarios del poder económico, asumamos el ahorro como el gran imperativo ante los signos adversos de la actualidad.

En el discurso, en efecto, queda bien censurar al catastrofista, pero es hora de acción y definición.

 
 

     
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