Tras los restos
de una Revolución
- A 98 años de distancia, ¿queda algo de la gesta popular?
En el umbral de su “primer” centenario; víctima de la erosión ideológica y la prostitución de sus principios originales, los mexicanos vamos a un aniversario más de “la gran revolución”, con una incógnita: ¿tenemos algo que festejar el 20 de noviembre?
¿Hay algo que rescatar del primer gran movimiento social del siglo pasado, entre los despojos que los politicastros nos dejaron?
Los libros coinciden que la Revolución Mexicana se inició mucho antes de 1910 y que el objetivo era derrocar al dictador José de la Cruz Porfirio Díaz Mori, un vetusto héroe militar que, como todos, cedió ante el embeleso del poder.
De la revolución se han escrito millones de páginas y verdaderos océanos de tinta; así, sabemos que encuentra su génesis en la insatisfacción ganada a pulso por un gobierno que favorecía al extranjero (y conste que no hablamos de los neoliberales).
Se le acusaba de transferir la mitad del estado de Baja California y otorgar la explotación de yacimientos de Cananea; claro, también de permanecer durante más de 30 años en el poder.
Al margen de que el movimiento tuvo gran impacto en los círculos obreros y agrarios a nivel internacional (la Constitución de 1917 fue la primera en el mundo en reconocer las garantías sociales y los derechos laborales colectivos), la realidad es que de aquella gran movilización sólo queda el manoseado precepto de la no reelección, aunque el partido que se arrogó, birló y usufructuó el carácter “revolucionario” se haya mantenido 70 años en el poder.
Este año “celebramos” 98 años de una gesta popular sin precedente; una revuelta que si bien fue impulsada por una oligarquía molesta con la inmovilidad porfiriana, muy pronto fue eclipsada por el movimiento popular.
En el imaginario social se dibujó la idea del caudillo; de la mujer abnegada atrás de su macho y del campesino que fusil en mano dejaba la vida por un pedazo de tierra.
La Revolución Mexicana, sin embargo, es algo diametralmente opuesto al discurso de esos “revolucionarios” en trajes de Armani y que hoy, desde los poderes que consolidó el pueblo, se reparten el país.
La revolución es más que un desfile de “barrigas deportistas” obligadas a cumplir con el religioso acarreo sindical.
Es, a dos años de conmemorar sus “primeros 100 años”, la certeza de que no hay revolución completa si ésta ignora los motivos que le dieron vida.
Hoy, en medio de una ola de inseguridad sin precedente; de un malestar social -azuzado por los que no aceptan su derrota en las urnas- y unas instituciones cada día más vulneradas, ¿realmente hay algo qué festejar?
¿Hay algo que nos evite asociar paralelismos históricos y el temor al despertar del México bronco?
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