
Cuando vemos un abeto o un pino lleno de esferas, luces, un poco de heno y escarcha, no hay duda: se trata de un árbol de Navidad. Y por alguna razón mágica, todo empieza a oler distinto, a verse distinto y hasta el frío empieza a sentirse distinto.
Cuentan que a un señor de apellido Lutero, fue a quien de alguna manera se le ocurrió decorar los árboles durante esta época. Dicen que iba de noche a su casa, cuando se dio cuenta que la luz de las estrellas, se reflejaba en las ramas de
los árboles con nieve, y pensó en la estrella de Belén. Entonces ideó que para conmemorar la fecha del nacimiento de Jesús, podría tener un árbol con esos destellos y otras cosas que se le ocurrieron. Así que taló un árbol, lo llevó a su casa y lo decoró con velas, nueces y manzanas.
A sus vecinos les pareció buena idea, luego igual a los de otras ciudades, de otros países y al rato… o sea muchos años
después, gente de todo el mundo colocaba en sus casas, árboles que además de conmemorar la Navidad, llenaban la casa de aroma a pino. Y no es anuncio de líquido para el piso, sino aroma a pino de verdad.
Pero la cosa no paró ahí. La gente, según donde vivía, fue inventando sus propios adornos: bolas de vidrio, frutas, arreglos de flores, galletas, y más. Todo para ponerle al árbol. Y entonces nacieron los mercados de adornos navideños, en algunos pueblos de Alemania. Los bazares de Navidad que ahora conocemos. Ahí, además de adornos, se vendían también regalos, comida, pan de jengibre y adornos de velas para colocarlos al pie de sus árboles.
Así fue naciendo la costumbre de reunirse junto a los que ya comenzó a llamarse “árbol de Navidad”.
Ahora, como ya hay menos árboles en los bosques del mundo, hay viveros exclusivos para árboles navideños.
¿Te parece si tú haces tu propio vivero navideño? ¿O tu propio bosque?
Aquí tienes la forma de hacerlo. Además de tener muchos árboles, puedes decorarlo como quieras, o incluso, regalarlos.
Manos a la obra y…
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