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Danzan por los 500 años de la victoria mexica

Este día, advierte la maestra Marisela Ugalde, no va a ser una clase de historia. "La historia ya la conocemos", dice.

Una historia que habla de la "noche triste" de los derrotados, no así del júbilo del pueblo que se impuso ante sus victimarios. Pasaje que, al cumplirse su quinto centenario, ha merecido un gran festejo.

"Lo que vamos a festejar es ese poderío mostrado hace 500 años, ese poderío contra quienes tuvieron que soltar el botín al huir", enfatiza Ugalde, presidenta de la Asociación Mexicana de Arte Marcial Prehispánico, al inaugurar este martes la jornada conmemorativa desde la plazuela del Árbol de la Noche Victoriosa, en Popotla.

El sentido de esta fiesta está ahí, en la resignificación de lo que desde la educación básica se ha enseñado; en transformar la consciencia de vencidos a vencedores.

"Ya no más 'la noche triste', ya no más que seamos referenciados a través de la historia española. Es tiempo de que contemos nuestra historia", clama, en un enlace desde Tijuana, César Morle, estudioso de los calendarios prehispánicos.

"Ya no podemos seguirnos viendo como un pueblo derrotado", añade, y los que más tarde se darán cita aquí danzarán como si la batalla recién se acabara de ganar.

Pero antes hay que poner el tlalmanalli, la ofrenda con flores, maíz, frutas, telas de colores, agua y un braserito de barro para recibir el fuego nuevo que viene en camino desde el Cerro de la Estrella, en Iztapalapa.

Patricia Camacho coloca minuciosamente cada uno de estos elementos frente a lo que queda del ahuehuete donde Hernán Cortés presuntamente llorara su derrota en total aflicción. Para luego levantarse y recorrer la base del tronco, quemando en su ahumador una mezcla de ocote, copal y tabaco.

"Ponemos tabaco para pedir permiso, porque el rezo del tabaco llega hasta el cielo para la presencia de nuestros abuelos", explica.

"Esperamos que varios calpullis se acerquen al rezo. No necesitamos hacer un llamado gigante, ellos ya saben. Sólo damos la hora y todo mundo se deja venir", responde, a pregunta expresa de cuántos danzantes participarán.

Y así resulta. Aún cuando en algún momento José Alejandro Arias, coordinador del Centro Cultural Árbol de la Noche Victoriosa, comenta que el contexto nacional les impedía realizar la celebración multitudinaria que habían perfilado para esta fecha, grupos y grupos de danzantes continúan llegando.

La convocatoria era para 10 líderes, pero la voz se corrió y el vetusto árbol termina por recibir a 300 personas, según contabiliza la Alcaldía Miguel Hidalgo. Toda ellas desplegadas en su plaza y la vereda contigua, dando vida a la danza ritual de la tradición conchera.

A sus elaboradas indumentarias con tocados de plumas y ayoyotes (cascabeles aztecas) en los tobillos, se suma una nueva prenda: los cubrebocas. Algunos ya traen el suyo; a otros se los regalan al llegar. La conmemoración no es pretexto para bajar la guardia ante el mal viral que mina la salud y extingue vidas entre la población, casi como hiciera hace 500 años la viruela importada por los españoles.

"Más vale la prevención que la lamentación", admite un participante. Y, no obstante, algunos lo hacen a un lado para entonar los cantos, gritar o hacer sonar el caracol.

Llega el mediodía y los tambores comienzan a retumbar, acompañados por el canto de la mariposa: "Huey huey Papalotl / Huey huey Papalotl / Yolotl / Yolotl", corean las voces.

Con enorme sincronía, y al ritmo que dictan la percusión y los cascabeles, los danzantes suben, bajan, brincan, levantan los brazos al cielo, giran en un pie y luego en el otro, dan zancadas de diestra a siniestra. Descalzos, en huaraches y --los menos-- con tenis; poseídos todos por los tamborazos y el copal.

La velocidad aumenta progresivamente y nadie cede, ni siquiera por el ardiente sol y su embate vertical. Auténtica y colorida fiesta identitaria; trance colectivo sólo esporádicamente interrumpido por el constante llamado a no olvidar el uso de los cubrebocas ni la sana distancia.

De pronto, una pausa para hacer nueva historia. El momento para develar una placa que sirva de testimonio de que el medio milenio de aquella victoria no ha pasado desapercibido: "In cuahuitl in ochoca Hernán Cortés (En este árbol lloró Hernán Cortés)", eterniza la brillante y dorada pieza, a 500 años "de la noche victoriosa", tal cual dice.

Para nadie está en duda: No más "noche triste". Y la danza continúa.

Reforma 02-07-2020

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