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¿Adicto a los sustos?

¿Es de las personas a quienes les gusta disfrutar alguna película de miedo? Aún más, ¿En su biblioteca aparecen más biografías de personajes como Atila el huno, Calígula y Hitler, que de Mahatma Gandhi, la madre Teresa de Calcuta o Nelson Mandela?

Entonces, al parecer, es de los que sienten alguna fascinación por el mal, que anida en nuestro cerebro. Antes de que lo pregunte, no es malo ni contagioso, solo una manera de sentir placer. Sí, así como lo lee.

De acuerdo con Boris Bandelow, profesor de la Universidad de Turingia, en Alemania, el origen del miedo es el mismo que el origen del mal. Ambos –dice- producen en el cerebro descargas químicas con efectos de una droga.

En pocas palabras, sentir miedo, en la misma medida que experimentar o ejecutar el mal, crea una especie de adicción que en susniveles más bajos toma la forma de fascinación por lo malvado.

Bandelow, quien acaba de presentar su libro ¿Quién teme al hombre malvado?, afirma que uno de los efectos del mal sobre sus víctimas es la seducción que ejercen sobre ellas y que estaría detrás de trastornos psicológicos como el síndrome de Estocolmo, donde la víctima de un secuestro desarrolla un vínculo afectivo con su plagiario.

Este psiquiatra alemán, además, sostiene que el sistema que lleva a una víctima a sentir fascinación por su verdugo se sitúa en una pequeña área del cerebro responsable de las emociones agradables. “Es como un hombrecito inyectando una hormona llamada dopamina, que genera sensaciones de felicidad cuando alcanza las células que busca y que el afectado asocia con los hechos que se están produciendo”.

Ese sistema se conecta a otro donde participan las endorfinas (sustancias similares a la morfina), creadas en el cerebro, que transmiten las sensaciones agradables de la vida.

El resultado es una atracción casi gravitacional que el mal, en la medida en que produce sufrimiento, ejerce sobre todo lo que tiene alrededor, incluidas las víctimas, “aunque el efecto es mayor en la persona que lo ejerce, que goza de una descarga de satisfacción muy poderosa y adictiva”, dice.

Por ello, sugiere replantear una serie de casos criminales célebres, como el de Anders Behring Breivik, quien el 22 de julio de 2011 asesinó a 77 personas en Noruega.

“Otro caso significativo es el del asesino de prostitutas austríaco Jack Unterweger, quien se convirtió en autor de 'bestsellers' desde la cárcel, antes de ser liberado para volver a delinquir.

“En sus libros, relata emociones durante sus crímenes y durante su periodo de abstinencia en prisión que ayudan a determinar su necesidad del mal.”

Claro que no todo son malas noticias, porque Bandelow habla del poder de la voluntad en el proceso de posible curación de un psicópata e insiste en que hacer y recibir el bien son acciones que generan también sustancias químicas que producen bienestar.

Es decir que puede seguir viendo películas de terror, porque contamos con medios naturales para contrarrestar químicamente el mal en nuestro cerebro.

¿Usted, qué opina?

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