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Teje Emiliano Monge la oscuridad

Un mundo arrasado, en un tiempo no tan lejano; a una década de distancia. Un futuro inquietante narrado por Emiliano Monge en su nueva novela, Tejer la oscuridad.

En esa realidad, un grupo de chicos abandona la destruida Zamora, su hogar, y emprende un camino en busca de un nuevo orden.

Quienes emprenden la diáspora son huérfanos de orfelinatos, justo aquellos a quienes se les ha negado el futuro.

El detonador de la nueva novela de Monge habría de encontrarse en aquel día en el que los medios informaron del cierre de la Gran Familia, el hospicio fundado por Rosa Verduzco, "Mamá Rosa", en Zamora, Michoacán.

En la novela se hace referencia a una ciudad arrasada, tras la cual los sobrevivientes del orfelinato se han propuesto fundar, en un nuevo mundo, Zamora de la Noche, donde antes estuvo Teruel, en España.

Al otro lado del teléfono, Monge explica que cuando se enteró del cierre de La Gran Familia supo que quería escribir algo relacionado con los niños del hospicio, presas del maltrato a puertas cerradas mientras, a puertas abiertas, Mama Rosa recibía trato de santa.

Pero con el tiempo, dice el autor, el proyecto fue acaparado por la idea general de la orfandad y por los lazos creados entre los huérfanos.

La pregunta fundamental que se hizo fue qué pasaría con el futuro si todo quedara en manos de estos chicos, privados de un porvenir.

Monge escribe en la novela: "No debemos correr riesgos. De nosotros pende el mundo. De que encontremos esas tierras donde la oscuridad es la que reina. Pero también de que guardemos el pasado".

El escritor recabó testimonios de adolescentes y adultos que habían pasado por la institución gobernada por Mamá Rosa, pero también en otros orfelinatos de México y el extranjero. Una estancia que había sido frontera en sus vidas; quienes eran antes y quienes son después de pasar por las instituciones.

"La novela, al final, es una búsqueda de una nueva forma de colectividad y de individualidad, y en ese sentido busca poner en entredicho ideas fundamentales como familia, amor, pareja, amistad", responde.

La idea de familia, ejemplifica, para quien ha pasado por los orfelinatos, no necesariamente supone un lazo sanguíneo ni la obligatoriedad de pertenecer a un clan.

En Tejer la oscuridad (Random House, 2020), Monge recurre a 80 voces narrativas, que si bien, numerosas y fragmentadas, terminan por ser la voz comunal, la voz de todos, e incluyó incluso voces prestadas, citas de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo; Visión de los vencidos, de Miguel León-Portilla, e Historia de las cosas de la Nueva España, de Bernardino de Sahagún, así como de los libros originarios Popol Vuh y Chilam Balam.

De modo que en la búsqueda del nuevo mundo late también una mitología antigua. Con los libros recuperados, los niños tienden una red hacia el pasado.

"La idea es que quizás el futuro no sea ir hacia adelante sino recuperar ese pasado, fragmentos, pedazos que no debimos nunca olvidar y que pueden servir de argamasa para reconstruir un futuro mejor. Se convierte en un asunto de buscar una tierra prometida pero que también fue habitada hace mucho".

Como también sugiere una reconquista. Por eso, en la tercera y última parte del libro, cuando los personajes llegan al territorio de lo que alguna vez fue España, se hace referencia a las crónicas de Díaz del Castillo y de De Sahagún, justo cuando dos concepciones se enfrentan.

El tejido, por otra parte, es otro elemento clave en ese puente al pasado: el autor recupera el sistema de los quipus -nudo o atadura, en quechua-; cuerdas de algodón o de lana teñidas de colores que durante siglos se pensó que era un mero instrumento para contar, aunque hace poco se descubrió que es una compleja forma de escritura de la cultura inca.

Monge, de hecho, pidió diseñar páginas de la novela con la forma gráfica de los quipus, una novela organizada en tres partes: urdimbre, trama y malla.

La escritura de Tejer la oscuridad, su novela más arriesgada, vino después de poner punto final a No contar todo, historia de no ficción.

Pero de su nuevo libro, que ha sido descrito como una distopía que reinventa mitos y desentraña la idea de individuo y colectividad, Monge reconoce sentirse cada vez menos cómodo con el calificativo "distópico".

"No estoy de acuerdo con que sea una distopía; me di cuenta apenas esta semana. Porque creo que, de donde parte, es evidente que se trata de una distopía, pero la novela se dirige después hacia la utopía. Es verdad que se va convirtiendo, con la diáspora, y después con el nuevo mundo, más en una utopía donde se trasciende el tiempo, el espacio", señala.

Reforma 16/10/2020

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