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Gritar a un niño

Los gritos son una cara más de las muchas que tiene la violencia. Se reciben principalmente en la infancia y dejan marcas muy profundas toda la vida. Las consecuencias son varias, sobre todo de tipo emocional, físicas e, incluso, neurológicas. Por mencionar algunas, tenemos el deterioro de la imagen de sí mismo, baja autoestima, sensación de inutilidad e inseguridad. 

¿Qué le pasa al cerebro de los niños cuando sus padres les gritan? El grito activa las alertas innatas de peligro. Provoca que diversas sustancias en el cerebro se produzcan y, con ello, el corazón se acelera, se transpira, el cuerpo se estremece y las pupilas se dilatan y se segrega cortisol, la hormona del estrés que prepara para dar respuesta al peligro.

“Crecer con niveles elevados de cortisol trae consecuencias a largo plazo, ya que el estrés genera modificaciones estructurales y tiene repercusión en la conducta”, explica el neurólogo infantil, Nicolás Schnitzler, especialista del Instituto de Neurología Cognitiva.

Los gritos activan un área del cerebro de los niños, e impide que hagan lo que se les solicita. Después de un grito es más difícil el proceso de pensamiento o razonamiento, ya que se entra en un modo de supervivencia que solo permite tres respuestas: huir, luchar o paralizarse. 

Es decir, el cerebro detecta una alerta de amenaza y desconecta su área pensante porque toda su energía se pone en modo de supervivencia. 

De ahí las tres posibles reacciones: huir (aislarse física o mentalmente), luchar (actitud combativa donde enfrenta al adulto y grita más fuerte) o paralizarse. Ninguna de las tres ayuda a que el niño haga caso. Efectivamente, en ese momento el niño no piensa de manera clara y rápida (porque no puede) y el resultado es lo contrario al deseado.

Hay estudios científicos que demuestran que los gritos, el maltrato verbal y la humillación, o la combinación de los tres, pueden alterar la estructura cerebral infantil, haciendo que los dos hemisferios se desconecten. El resultado de esta poca integración de las dos mitades del cerebro produce cambios de personalidad, baja estabilidad emocional y atención dispersa.

El grito tiene una propiedad sonora única, que no posee ninguna otra forma de expresión del lenguaje humano. Nada produce un énfasis similar, ya que impacta y activa el centro neuronal del miedo. 

Para lograr que los niños nos escuchen, debemos evitar que nuestra imagen como adulto, así como las palabras que empleamos, se devalúen, y es justamente lo que ocurre cuando gritamos en vez de hablar.

Ahora que lo sabemos, tomemos conciencia de que los gritos y las amenazas, no van a conseguir el cambio de conducta deseado. Al contrario: a los más pequeños les infunden terror, y ante los más grandes se pierde autoridad.

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