Todos somos laicos
La Cámara de Diputados aprobó en días recientes la reforma al artículo 40 de la Constitución, en la que se agregó una palabra a las características de nuestra República que ahora, además de “representativa, democrática, y federal”, también será “laica”.
Es la primera reforma constitucional –hasta donde se recuerda- de una sola palabra que, sin embargo, ha levantado una polvareda por la dedicatoria que lleva: revivir el empolvado jacobinismo que durante más de un siglo mantuvo el tabú juarista de negar personalidad jurídica a la Iglesia Católica, hasta que el presidente Salinas de Gortari reformó el artículo 130 de la Constitución.
Con excepción de los ministros de culto o miembros de las comunidades religiosas, la casi totalidad de mexicanos somos laicos; por lo que añadir la palabra “laica” al artículo 40 de la Constitución es una redundancia salvo que lleve la intención de amordazar a la Iglesia Católica en sus mensajes pastorales, como ocurrió recientemente con sus pronunciamientos contra la aprobación de los matrimonios gays y la adopción de niños por parejas del mismo sexo.
El obispo de San Cristóbal de las Casas, Felipe Arizmendi Esquivel, dirigió a sus feligreses el mensaje “Por una laicidad positiva”:
“No nos creen cuando les decimos que nosotros también abogamos por un sano y maduro laicismo, bien entendido. Desconfían, como si pretendiéramos un Estado confesional, en que éste supedite a una religión y se imponga una sola creencia a toda la sociedad. En otros siglos eso aconteció, porque los Estados eran incipientes y débiles y se apoyaban, para darse seguridad y protección, en la autoridad que siempre ha tenido la Iglesia.
“Se percibe el deseo de acallar la voz de la Iglesia y restringir aún más sus limitadas libertades. Unos legisladores, ignorantes de su religión, queriendo quedar bien con pequeños grupos antirreligiosos muy beligerantes y no perder votos, apoyan iniciativas no acordes con su fe y sin información de lo que su Iglesia piensa. Son católicos cuando nos piden que les celebremos sacramentos, no para dialogar con nosotros sobre estos puntos tan trascendentes”.
Es un rancio laicismo negarse a reconocer más libertad religiosa. Es contrario a la laicidad impedir que podamos ser dueños de una emisora de radio o televisión. Es miedo a la Iglesia amordazarnos y amenazarnos con multas y otras penalidades, cuando criticamos algunas leyes, o advertimos ideologías contrarias a la fe y a la moral católicas en candidatos en tiempos electorales. Todos tienen libertad para decir lo que quieran, menos nosotros. ¿Esa negación de nuestro derecho a la libertad religiosa, es el laicismo que quieren reforzar? ¿Esos son los adalides del progreso?