Contradicción
Universalmente se llama enfermedades de la pobreza a un grupo de padecimientos entre los que están la tuberculosis, el mal de Chagas, la lepra, la fiebre amarilla, la sarna, el dengue, el cólera y algunas otras patologías infectocontagiosas.
Pero en México que, según cifras oficiales, existen cuarenta millones de personas que viven en situación de pobreza o de pobreza extrema (eso que podríamos llamar miseria), las tablas de mortalidad de mujeres no registran ninguna de esas enfermedades en los primeros veinte lugares. Y en el caso de los hombres, sólo la tuberculosis se encuentra registrada y ocupa el vigésimo lugar.
De modo que resulta un tanto inexplicable que en un país con casi la mitad de su población pobre, las causas de mortalidad no sean las llamadas patologías de la pobreza, sino, muy por lo contrario, los padecimientos que podríamos llamar de la riqueza, de la prosperidad, del desarrollo o de la existencia prolongada, como la diabetes mellitus, la hipertensión y los tumores malignos.
Las tablas de mortalidad establecen que las principales causas de muerte en México son la diabetes mellitus, las isquemias del corazón, los accidentes cerebrovasculares, los homicidios, los suicidios, los accidentes de tránsito, los tumores malignos (hígado, estómago, pulmón, mama, cuello del útero y próstata), el consumo de alcohol, la hipertensión y la EPOC (enfermedad pulmonar obstructiva crónica) altamente asociada al hábito de fumar.
Es tan evidente la contradicción que existe entre un país con cuarenta o cincuenta millones de pobres que mueren por padecimientos de la prosperidad, del desarrollo o de la vida prolongada, que se hace necesario redefinir el concepto de “pobreza” o el concepto de “enfermedades de la pobreza”. Eso tendrán que hacerlo los expertos.
Por lo pronto, hay que decir que al menos en materia de salud y enfermedad, México no es un país pobre. Porque no puede ser pobre una nación cuyos habitantes padecen enfermedades de países ricos y que mueren a la misma edad que los ingleses, los japoneses, los australianos o los argentinos: rondando los setenta y ocho años de vida.