Falsas catástrofes
Todos los días, desde hace ya varios años, la población del planeta es bombardeada por noticias supuestamente científicas que hablan de una catástrofe universal inminente.
Esos anuncios permanentes de cataclismos incluyen epidemias mortíferas capaces de producir millones de defunciones en unos cuantos meses. El ébola, el cólera, el sars, el sida, la gripe aviar y ahora la gripe porcina, también llamada gripe humana, son los temas recurrentes de esas auténticas campañas de terror mediático.
El catálogo de males por venir incluye, igualmente, hecatombes como el cambio climático, capaz de hundir bajo las aguas del Atlántico a la isla de Manhattan; el crecimiento de la población; la contaminación ambiental; y hasta el propio avance científico, como es el caso de la clonación y de la fabricación de nuevas vacunas.
Y en la lista de desgracias inminentes se incluye, desde luego, el agotamiento del agua. Pero la experiencia histórica y la evidencia científica desmienten categóricamente tales previsiones.
El supuesto agotamiento se plantea como una cuestión universal, válida lo mismo para regiones geográficas ricas en recursos hídricos que en zonas de escasez histórica del vital líquido.
Es claro que con el agua, como con cualquier otro bien natural, siempre será aconsejable el uso racional. Pero contra la idea de un supuesto agotamiento del agua se sabe bien que nuestro planeta es una auténtica y formidable fábrica del vital líquido. El hombre sabe cómo producirla. Y hacerlo de modo natural, cual se consigue mediante la forestación y la reforestación y evitando la desforestación.
Hay también, desde luego, mecanismos para captar y almacenar agua de lluvia, cuyo ejemplo emblemático son las presas. Y es claro igualmente que la extracción de agua del subsuelo puede ser compensada, y más que compensada, mediante diversas medidas, económicas y prácticas, de recarga de los mantos acuíferos.