Irrepetible
Desde hacía varios años, los expertos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), así como otros sanitaristas alrededor del orbe esperaban la aparición de una pandemia de gripe. Pero pensaban que se trataría de una gripe aviar. Y decían que tal flagelo habría de producir al menos un millón de defunciones.
El pronóstico de tales expertos se ha cumplido sólo en una de sus tres partes. Ciertamente llegó la pandemia, pero ni fue de gripe aviar ni existe la remota posibilidad de que la plaga produzca el supuesto millón de muertes que sólo caben en mentes calenturientas, aunque sean las de los sabios apocalípticos.
Porque independientemente de las características específicas de la actual pandemia de gripe, es absolutamente imposible una mortandad que alcance cifras significativas. Ni por esta patología ni por ninguna otra. Hoy, como lo prueba la experiencia inmediata, el estado de la ciencia garantiza el rápido y eficaz control de cualquier epidemia, ya sea viral o bacteriana.
Tras la emergencia mundial y el pánico subsecuente, los hechos van demostrando día con día la enorme e indiscutible eficacia de la ciencia para evitar una elevada mortalidad. En el presente caso, las defunciones no han alcanzado siquiera la centena en todo el mundo.
Vacunas, antibióticos, antivirales y otros portentosos avances y conocimientos científicos garantizan, como lo han demostrado ahora mismo y contra pánicos irracionales, el control de la pandemia y la reducción, casi hasta cifras nulas, de la mortalidad.
Las grandes mortandades son cosa de otras épocas. De cuando no se tenían los gigantescos conocimientos de hoy acerca del origen y la forma de propagación de las enfermedades infecciosas. De cuando las epidemias se enfrentaban a ciegas y sólo con rezos e imploraciones. De cuando los virus eran invisibles. De cuando la pavorosa falta de higiene era el caldo de cultivo de esos mortíferos eventos, hoy irrepetibles.