Violencia intrafamiliar
Con toda seguridad podría afirmarse que la violencia intrafamiliar siempre ha existido. Pero es obvio que ese tema ocupa hoy un lugar preeminente en las preocupaciones sociales del mundo actual. Y México, lógicamente, no es la excepción.
Se sabe que las mujeres, los infantes y los ancianos suelen ser las personas que más padecen este fenómeno. Y se sabe, igualmente, que esa violencia puede ser sólo verbal o que puede ir acompañada de golpes, lesiones y destrucción de ropas, muebles y otros bienes materiales.
Pero que se conozca y reconozca la existencia de ese hecho, no significa que se conozcan las motivaciones, las causas y las consecuencias. Se trata de un fenómeno complejo y multifactorial. Y que, además, se encuentra oculto por un espeso velo de silencio personal y social que tiende a ocultarlo o a minimizarlo.
Existen evidencias de que la violencia intrafamiliar no conoce de clases sociales ni de edades ni de escolaridades, y que se da lo mismo entre quienes consumen alcohol y otras drogas y entre quienes no son consumidores de estupefacientes.
Pero conviene no engañarse: pobreza, alcohol y otras drogas, nupcialidad temprana y baja escolaridad, incultura y escasa educación son fenómenos que contribuyen decisivamente a incrementar la gravedad y la extensión de la violencia intrafamiliar.
Y aunque está muy claro que se trata de un fenómeno sin fronteras sociales y sin causas que pudieran ser calificadas como específicas, es también evidente qué mejorías en escolaridad, un mayor ingreso económico, educación y cultura pueden atemperar el problema.
También queda claro que un menor o nulo consumo de alcohol y otros estupefacientes pueden igualmente contribuir a llevar a la baja esa vergonzosa violencia.
Y tampoco cabe duda de que una nupcialidad (o una vida en pareja) menos temprana puede también contribuir a la atemperación de la violencia intrafamiliar.