Testimonio
Allá por 1955, durante el sexenio de Adolfo Ruiz Cortines, el gobierno federal, por conducto de la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia, empezaba la campaña de inmunización contra la terrible poliomielitis (o parálisis infantil), con la masiva aplicación de la vacuna Salk, creada por el eminente bacteriólogo estadounidense Jonás Salk.
Por aquella época contaba yo con siete años. Y por razones de mi propia edad, no pude ser vacunado. Y tampoco mi hermano Juan José, 19 meses mayor que yo. La vacuna se aplicaba sólo a menores de seis años. Pero por fortuna ninguno de los dos fue víctima de la terrible enfermedad. De modo que no quedamos inválidos o resultamos muertos por pura suerte.
Nuestra hermana Elena, algunos años menor que nosotros, sí fue vacunada. De modo que ella no murió o quedó discapacitada, no por razones de suerte, sino merced a una política deliberada de salud pública. Digamos que en su caso, el gobierno priísta de entonces cumplió con la elementalísima obligación de procurar la salud de los mexicanos. Hoy, y desde hace algunos años, por fortuna, la polio se encuentra erradicada del territorio nacional.
¿Habrá habido en esos momentos algún insensato, insensible o estulto político, empresario o periodista que se haya atrevido a calificar de populista o electorera esa política que salvó de la muerte, la invalidez, el dolor, la marginación y otras penalidades a mi hermana Elena y a millones y millones de niños mexicanos?
Seguramente no hubo entonces alguien tan estúpido. Pero por lo que se lee en la prensa y se ve y escucha a través de los medios electrónicos de comunicación, hoy abundan esos políticos, empresarios y periodistas de agudo cretinismo que se atreven a calificar de populistas, clientelares o electoreras las políticas públicas de salud.
¡Ah!, contra ese agudo cretinismo, he aquí mi testimonio de gratitud y mi recuerdo emocionado del bacteriólogo Jonás Salk.