Los siete magníficos
En 1954, Akira Kurosawa dirigió un filme que hoy es considerado un clásico de la cinematografía mundial. Titulado en castellano Los siete samuráis, cuenta la historia de unos guerreros que ayudan a una pequeña población campesina a defenderse de los atracos de un grupo de bandoleros.
Seis años más tarde, en 1960, John Sturges dirige una nueva versión de la obra de Kurosawa, ambientándola en la frontera entre México y EU, en un western que en español se llamó Los siete magníficos y que muy pronto también se convirtió en un clásico.
Pero no sólo el cine tiene sus siete magníficos. También los tiene la historia de la medicina. Se trata de siete descubrimientos científicos que han proporcionado bendiciones sin medida a una humanidad hasta entonces doliente y sin esperanza.
Esos siete avances científicos son muy jóvenes. Casi todos nacidos en el siglo diecinueve. El más viejo, la vacuna, creada por el inglés William Jenner, vio la luz en las postrimerías del siglo dieciocho.
Los seis compañeros más jóvenes de la vacuna son la asepsia, la antisepsia, la anestesia, los antibióticos, la cirugía y, el más tierno, que todavía anda en pañales, los antivirales.
A la asepsia, sencillo procedimiento que consiste en usar agua y jabón para mantener limpias las manos y otras partes del cuerpo, se le debe la salvación de millones de vidas. Y también a la antisepsia, su prima hermana, cuya tarea es destruir los gérmenes presentes en heridas accidentales o quirúrgicas.
La anestesia también nació en el siglo diecinueve. Y a ella le debe la humanidad la hoy casi absoluta ausencia del milenario dolor. El uso de la anestesia ha posibilitado el desarrollo gigantesco del quinto magnífico: la moderna cirugía.
Dos de esos siete magníficos son hijos del siglo veinte: los antibióticos, creados por otro inglés, William Fleming, y los antivirales, que ya se apuntan un triunfo monumental en el tratamiento del sida.