El inicio de la ancianidad
La vejez –nos dijo sor Juana– es un ultraje. Pero la monja ilustre, que hablaba en su soneto sobre sí misma, no era, para los estándares de los siglos 20 y 21, una anciana. Al morir sólo contaba con 46 años. Hoy diríamos que en la quinta década de su existencia estaba viviendo una etapa de madurez biológica.
Y es que pocos fenómenos son tan difíciles de calificar como la ancianidad. Platón, quien murió a los 80 años, ciertamente era un anciano. ¿Pero cómo sensatamente decirle anciana a una persona que apenas ha llegado a los sesenta años? Y es claro que esa calificación tampoco procede para quien anda en los 65.
Esta es, sin embargo, la norma vigente. La Ley del Seguro Social, por ejemplo, establece los 60 años como la edad en que puede solicitarse la pensión por cesantía en edad avanzada. Y los 65 para la solicitud de pensión por vejez.
Pero no hay duda de que un hombre o una mujer de esas edades no presentan, en lo general, el rasgo distintivo de la ancianidad que es la paulatina y progresiva pérdida de la autonomía. En el México del siglo 21, esa pérdida de autonomía puede documentarse a partir de los 75 años de edad.
Es cierto que existen innumerables personas que experimentan esa pérdida de autonomía mucho antes de los 75. Pero en lo general se trata de pacientes de enfermedades crónico-degenerativas y hasta invalidantes, como son una diabetes descuidada, un accidente cardiovascular severo, una insuficiencia renal o un tumor maligno.
Fuera de estos casos, la pérdida de autonomía por deterioro físico y mental comienza, en términos generales, en México y en el mundo occidental, hacia los dichos 75 años.
De modo que con arreglo a un criterio médico-científico y no puramente ideológico, la vejez moderna, con sus distintos y eufemísticos nombres (tercera edad, adultos mayores, edad avanzada, adultos en plenitud, etc.) no puede cifrarse, sensatamente, antes de los 75 años.