Los trabajadores del Sindicato Mexicano de Electricistas, damnificados por el fiat monstruosamente draconiano de Felipe Calderón de extinguir a Luz y Fuerza del Centro motivado por obvia corrupción, ya tienen un mes en ayuno en el Zócalo de la capital.
En ese lapso, varios ayunantes han sufrido crisis de salud severas, con riesgo altísimo de perder la vida. Un ayuno tan prolongado y documentadamente absoluto –excepto agua- tiene por secuela inmediata una anemia galopante.
Este ayuno –que los participantes llaman “huelga de hambre”- tiene por móvil aleatorio protestar por la a todas luces ilegal extinción de LyFC y, al mismo tiempo, ejercer presión moral sobre el señor Calderón para revertir su decreto extintorio.
Un tercer móvil sería el de mantener viva la llama –al parecer bien atizada por la solidaridad que el SME inspira en muchos ciudadanos- de la lucha por la reivindicación de derechos brutalmente conculcados por el Presidente de Facto.
Un móvil adicional, tal vez no discernido previamente, es el de que la huelga de hambre es un acto de tal dramatismo y sacrificio que activa el detonante del proceso de toma de conciencia social acerca de la opresión en la que vivimos casi todos.
Subráyese que la huelga de hambre no ha merecido del señor Calderón reacciones algunas, aunque su secretario del despacho de Trabajo y Previsión Social, Javier Lozano, ha descalificado ese acto de sacrificio heroico de los trabajadores ayunantes.
Pero el señor Lozano, ya es sabido, se distingue por su grotesca proclividad venal por la cancerbería y su jefe, el desubicado (ignora cuál es la realidad del país) don Felipe, son impermeables a las tragedias de los mexicanos, sobre todo de los trabajadores.
Éstos, en enorme desigualdad frente al poder político panista y priísta del Estado mexicano, no tienen alternativas para defender sus derechos sistémicamente conculcados por aquél, que la de incurrir en acciones políticas de gran fuerza moral.
En ese andamiaje filosófico, ideológico y político-reivindicatorio se inserta la huelga. Los huelguistas saben que su heroísmo no conmoverá al señor Calderón -cuya prioridad imposponible es la de vender en ganga a México- ni lo hará rectificar.
Pero los huelguistas también saben que su sacrificio no es en vano. Con su acción despojada de egoísmos han llevado más allá el despertar de la conciencia de los mexicanos de que tener dignidad demanda gran sacrificio.