El aserto del muy controversial alcalde de Garza García, N. L., el municipio de más alto ingreso per cápita en México, parece dar en el blanco porque, en efecto, los mexicanos estamos en la ingobernabilidad, lindando peligrosamente con la anarquía y el caos.
Como bien lo sabe el caro leyente, el edil regiomontano –Garza García es una zona conurbada y suburbana de Monterrey- es uno de los militantes más conspicuos y distinguidos del Partido (de) Acción Nacional, pero no inserto en el dogmatismo ortodoxo de éste. Es, además, irreverente.
Pero su irreverencia deviene de que don Mauricio es un individuo dueño de sí mismo, identificado sin duda con la filosofía y objetivos estratégicos del panismo (entre los cuales, paradójicamente, no incluye la toma del poder), pero a la vez crítico de estilos y conductas.
Esos estilos han sido, desde que el PAN asumió el control del Poder Ejecutivo federal (en 2000, con Vicente Fox y hasta la fecha, con Felipe Calderón), francamente triviales y megalomaníacos; las conductas se han mal distinguido por acciones sin duda antisociales e incluso criminógenas.
¿La consecuencia? Ingobernabilidad. La vertiente ejecutiva, dominada por el PAN, del poder político del Estado mexicano, emblematizado en el gobierno, ha perdido control de amplios ámbitos del territorio nacional y, desde luego, soberanía. Chihuahua y Michoacán son evidencia.
Mas no sólo en esos dos de los 31 Estados Unidos Mexicanos la Federación tiene magra soberanía, sino en muchos más. Mientras más centralista se muestra el señor Calderón, menos centralizadas están las entidades federativas.
Paradoja: el centralismo conduce a una balcanización.
Y es que, a su vez, en el microcosmos de cada uno de los 31 Estados, los gobernadores también tienen, como el señor Calderón en el ámbito nacional, problemas de gobernabilidad.
El fenómeno se reproduce de lo federal a lo local, llegando perversamente a lo municipal.
Sin embargo, el ayuntamiento –la instancia del poder político del Estado más cercana al pueblo- obedece a un centralismo local, el de la capital de la entidad federativa y el gobernador en turno. Para resolver el problema del centralismo hay que empezar por los municipios; allí está la clave.