¿Cambios profundos, don Felipe?
El título –la “cabeza”, como dícese en el argot periodístico-- de la entrega de hoy debiere ser, también entre signos de interrogación, la de “¿Qué tan profundos serían esos cambios que usted propone, don Felipe?
Ambas interrogantes no son retóricas ni mucho menos académicas; lo opuesto, pues el Presidente de Facto de México, considerado espurio por millones de sus compatriotas que en 2006 votaron por Andrés Manuel López Obrador, parece hablar a la ligera.
¿Por qué? Para las ciencias políticas y sociales, así como para la Economía Política y otras teorías del conocimiento como el materialismo histórico y el materialismo dialéctico, un cambio profundo equivale a alterar el statu quo que don Felipe abandera. Cierto. Equivale a modificar las estructuras y superestructuras de la sociedad y, en un sentido más específico, a las formas de organización social, política, económica e incluso cultural.
Equivale, pues, a refundar al Estado o, por mejor decirlo, a crear un nuevo Estado que, en el lenguaje de los lópezobradoristas, representaría constituir la IV República de México (1824, 1857 y 1917), con las consecuencias inherentes.
¿Un nuevo Cárdenas?
Así entenderíase el mensaje de don Felipe, dicho en el patio mayor del Palacio Nacional al día siguiente de haber enviado a su secretario de Gobernación Gómez Mont a entregar su III Informe de Gobierno al Congreso de la Unión. Don Felipe –quien, como sábese, no se distingue por sus muchas luces y sí por la levedad breve y pacidad de su pensamiento político, distinto del oficio de la politiquería en el ha hecho carrera-- parece haberse metido en vericuetos y atajos minados. Por supuesto –hágase la pertinente salvedad, caro leyente— que don Felipe no incurrió en detalles ni definiciones de su exhorto a los otros personeros (priístas sobre todo) del poder político del Estado mexicano. ¿Qué son para él “cambios profundos”?
Quizá usó don Felipe el concepto “cambios profundos” como una noción conveniente que, supondríase, sería bien oída por un auditorio cautivo --que no cautivado, aclárese—dado al empleo indiscriminado de frases que no dicen lo que semánticamente significan.
Para empezar, si don Felipe resuelve encabezar una campaña a favor de realizar cambios profundos en México para, presumiríase, detener la brutal crisis devenida de la descomposición del poder político del Estado y la
inviabilidad de la economía actual, asaz antisocial, tendría ante sí retos colosales.
Mueve a risa imaginar a don Felipe vestido como Zapata --verdadero revolucionario —o un predecesor de éste, Flores Magón— o don Lázaro.
La propuesta, pensaríase, fue un lapsus mental que nos indica cuán desesperado y abandonado está.