5 de Julio
“El dilema no es el de votar o no.
El dilema es por quién votar”.
Carlos Carrasco Canó.
En ambos procesos electorales --el federal y los locales--, la participación ciudadana estuvo en duda, entre otras razones porque el sentir general del electorado es de desencanto con respecto al desempeño de los políticos.
Ese desempeño, como es sabido con documentada vehemencia, ha sido la causa de las crisis económica, política, social, cultural e incluso de seguridad y hasta de autoestima que estruja a México y los mexicanos. Son crisis entreveradas. Sistémicas.
Esos estrujos son violentos. Hay violencia económica desatada por los personeros de orientación panista del poder político del Estado mexicano y avalada por sus co-personeros priístas (y perredistas) de la vertiente legislativa de dicho poder político.
Esa facultad vigente (el decreto no ha sido derogado) del titular de Facto del Poder Ejecutivo es, desde luego, una de las peculiaridades características del contexto o estado de excepción prevaleciente. Hay muchas más, muy anteriores incluso.
Véase, si no, lo que sigue: el Ejército y la Armada ocupan más y más ciudades, deponen por la fuerza a las autoridades civiles constituidas, impiden con retenes el libre tránsito, violan mujeres y cometen asesinatos de civiles. Esa práctica deviene en terror.
A la formación de ese entorno de terror en la sociedad concurre otro vector adicional de mayor fuerza y poder y alcance: la violencia económica y, desde luego, la violencia política, entendidas ambas como acciones y efectos de violentar un orden para vencer.
A ello súmase que los candidatos de los partidos lo son a modo: 90 de cada cien postulados no fueron elegidos, sino designados por las cúpulas partidistas, según el informe de junio del Comité Conciudadano para la Reforma Electoral.
¿Y el voto nulo? Es de suponerse que el electorado no lo considera una solución digamos punitiva del desempeño inepto y corrupto de los personeros del poder político del Estado, sino que su móvil inconsciente es el del desahogo catártico. Liberar la ira.
Los políticos se saben malqueridos; de hecho, se sienten malquistos. Sin embargo, insisten en mantener el statu quo por beneficio personal o interés político de clase y de facción. Pero su cinismo hace llevadero el repudio ciudadano; hasta se burlan de éste.
Votar o no o abstenerse es un falso dilema. El dilema verdadero es actuar no para castigar a los políticos, sino para crear una nueva forma de organización económica, política y social.