¿Hacia dónde vamos?
Después de las conferencias y pláticas que éste escribidor dicta y da doquiera por semana en ámbitos universitarios y de los llamados clubes de servicio, las preguntas que se le formulan son angustiosas.
Esas preguntas tienen un común denominador de ansiedad inocultable, subyacente en muchos casos, pero francas (y, por ello, evidentes) en otros. A veces adviértase cierta desesperación.
Mas otro denominador epiceno es el de la búsqueda de soluciones a los dilemas en cuyas zarpas estamos la inmensa mayoría de los mexicanos, exceptuando, presúmase, los que se ostentan dueños de México.
Dígase sin apartarnos del tema que esos sedicentes dueños de México son los 39 clanes familiares y socios mexicanos y extranjeros --la gran oligarquía—que saquean al país y nos oprimen.
Y si usted, caro leyente, duda que vivimos oprimidos por esa gran oligarquía, échele no más un vistazo en rededor suyo y verá mucha simulación, desigualdad, injusticia, insolaridad e iniquidad.
Por supuesto, también hay indicadores que inducen al falso optismismo, pues son como las proverbiales golondrinas --una no hace verano-- y su ocasional incursión en la temporada no es sistémica.
Volvamos al tema. Un tercer denominador que se advierte en la forma y el tono de las preguntas a éste escribidor es el de la incertidumbre. ¿Qué va a pasar? ¿Qué viene? ¿Y cómo salir del atolladero?
Por supuesto, es inevitable el inquisidor aquél que reprocha a los preocupados por la incertidumbre, y conturbados por la angustia y la ansiedad; los acusa de pesimistas o, peor, de catastrofistas.
Para estos reprochadores su optimismo es fundado, aunque devenga --como deviene-- de elucidaciones subjetivas de la historia y sus acervos experienciales. Dios nos sacará del atolladero.
Pudiere --pero no podría-- ser. Dios, según el dogma en todas las religiones organizadas para fines de poder y negocios, preconiza la filosofía del "ayúdate, hombre, que sólo así yo te ayudaré".
Pero no nos ayudamos a nosotros mismos. Lo opuesto. Esperamos la solución providencial de un Dios que doquiera hállese --en el paraíso bíblico o coránico- nos ve socialmente omisos.
Y flojos, irresponsables, ociosos y hasta suicidas. ¿Suicidas? Sí, socialmente suicidas y masoquistas. El peligro es real, secuela de nuestra propia inacción, omisiones e inconsciencias.
Las respuestas de este escribidor a los inquirientes son claras: "No sé qué va a pasar ni qué viene ni cómo salir del atolladero, pero sí sé que sólo nosotros, organizados, podemos salir".
Las respuestas no satisfacen a todos. Muchos esperan pasivamente soluciones mágicas o la aparición de un mesías. Pero otros, también muchos, se aprestan a influir en el próximo ciclo histórico.