Abramos un espacio a la reflexión y analicemos lo que nos gusta festejar.
El pasado 30 de abril -Día del Niño en nuestro país-, hubo festivales, mensajes, promesas y “regalos”. Todos los artilugios posibles para ocultar la verdadera indefensión en que se encuentra nuestra niñez.
Los datos hablan: mientras hay vergonzantes “esfuerzos” por denunciar la explotación infantil en campo y ciudad, de fuera llueven las denuncias que nos colocan como el país con la más alta pobreza infantil.
De acuerdo con organismos internacionales, entre 2009 y 2012, el porcentaje de infantes en situación de hambre se duplicó, al pasar de ocho a 17 por ciento.
¿Otro dato para celebrar? De los 39 millones 226 mil menores de edad, 20.8 millones son pobres y, de ellos, 5.1 millones están en situación de pobreza extrema, con recursos para comer una vez al día, cuando bien les va.
Como suele acontecer, la corrupción deja para mejor ocasión los temas que importan; por ello, ante la aparición de un video donde se les exhibe, los que nunca hacen nada claman por los derechos de los niños, pero no explican cómo en pleno siglo XXI el país carece de políticas de desarrollo integral para la infancia y se invierte menos de uno por ciento del PIB en programas de atención a la niñez.
Cuando se difundió aquello de los “niños incómodos”, las buenas conciencias se indignaron cuando un niño aparecía “fumando”… Nadie, en cambio, fue capaz de cuestionar por qué los menores de cinco años padecen una de las tasas de anemia y desnutrición más altas del continente (32.3 por ciento, de acuerdo con la Comisión Económica para América Latina) y donde cuatro millones, 250 mil niños, entre 5 y 11 años, padecen obesidad.
A la hora de buscar espacios en los noticiarios, todos se pusieron “guapos”, pero nadie explicó por qué en las campañas no ha sido tema a debate el que 82.9 por ciento de los menores a cinco años en Chiapas, Guerrero, Puebla, Oaxaca y Tlaxcala padezcan lo que elegantemente se describe como “pobreza multidimensional”, y que no es otra cosa que carencia de alimentos.
Dicho en términos prácticos: mientras se despilfarran millonadas en spots, la Cepal y las Naciones Unidas advierten: los niños mexicanos son los más pobres entre los pobres. 53.3 por ciento de ellos no comen tres veces al día. Uno de cada cuatro está por debajo de la línea de pobreza.
En el campo, desde luego, las cosas lucen más dramáticas cuando 3.5 millones de niños son explotados como jornaleros, a cambio de dos dólares diarios, sin medidas que los protejan de pesticidas o enfermedades transmitidas por vectores.
Sí, porque el tema de la explotación laboral, ancestralmente, ha sido un tabú para una sociedad descarnada que se topa con infantes en cada esquina, pero no se ve como parte del problema que empuja a nuestros niños a sumarse a la precaria sobrevivencia.
De otra manera, no hay cómo argumentar que 3.4 millones de menores a 14 años laboren y, de ellos, 47.6 por ciento no perciba ingreso.
¿Triste? Quizá tan crudo como el saber que cada minuto un niño mexicano abandona la escuela para sumarse a la búsqueda del sustento familiar.
Las cifras desnudan a un país donde las buenas intenciones están presentes en fechas marcadas, pero en que nadie se compromete con el futuro.
Analicemos y veamos qué celebramos, porque al momento de evocar la niñez, las frases recaen en el melifluo recurso de llamarla el “futuro de México”. Con esta realidad, empeñados en ignorar el problema, lo cierto es que lo estamos cercenando.