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Chicos de hoy

 

Fui muy afortunado, cuando era niño; veía programas vespertinos, como “Plaza Sésamo”, y la más variada combinación de telenovelas.

Pero lo interesante es que se trataba de producciones aspiracionales, de historias protagonizadas por hombres y mujeres que querían estudiar y emprender negocios.

Estoy convencido de que por eso soy una persona buena, de que por eso le agarré el gusto al estudio, al trabajo y a la superación.

Si hoy fuera niño, mi máxima aspiración en la vida sería convertirme en narcotraficante, en permanecer en la más patética de las ignorancias y en quedarme en mi zona de confort esperando a que las cosas se resolvieran mágicamente.

¿En qué me baso para decirle esto? En que no hay manera de ver la televisión de ahora sin escandalizarse por el manejo de sus contenidos.

Los peores criminales de nuestro país, cuando son presentados ante las cámaras, parecen estrellas de cine y lo primero que se comenta de ellos es lo mucho que ganaron, lo bien que vivían y el inmenso poder del que gozaban.

¿Por qué nadie los muestra arrepentidos? ¿Por qué en ningún momento vemos a sus padres o a sus hijos lamentando lo bajo que cayeron? ¿Por qué jamás los podemos asociar al dolor?

Cualquier persona, en sus cinco sentidos, ve eso, y si no se inspira comienza a fantasear con hacer algo parecido solo que bajo la premisa de: “A mí no me van a capturar”.

Algo más o menos parecido sucede con la promoción de la ignorancia.
Si usted se fija con atención, de un tiempo a la fecha, lo que la televisión nos enseña es que hablar mal, faltarle al respeto a los demás y vivir en el mal gusto es chistoso, divertido, que es lo mejor.

¿Para qué estudiar, entonces? ¿Para qué preocuparse por conjugar bien los verbos? ¿Qué caso tiene aspirar al ascenso social?

Más o menos en este mismo sentido va mi comentario de “la zona de confort”.

Antes, uno tenía que trabajar para ganarse las cosas. Ahora, llegan solas, por suerte, por magia, por milagro y, si no, basta con encuerarse, con participar en algún escándalo o con llamar la atención a la mala para salir de pobre.
¿A usted no le preocupa esto? A mí sí, porque cada vez me encuentro con más casos de padres que tienen problemas con sus hijos por enseñanzas que han obtenido a través de los medios.

Desde cuestiones básicas de salud, como la anorexia y la bulimia, hasta chicos que no le tienen miedo al crimen, al delito, al “bullying”, pasando por púberes que se accidentan rasurando sus genitales.

¿Por qué? Porque están aprendiendo, mirando sus programas favoritos, que el vello corporal es malo, que hay que acabar con él a cualquier precio.

Fui muy afortunado, tuve una bonita infancia televisiva. ¿Qué van a decir nuestros hijos cuando sean grandes? ¡Qué!


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Frente a la tele
Álvaro Cueva
 
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