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Posadas y vecindades

 

Quien haya vivido su niñez en una de esas vecindades que por miles y miles entonces existían en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en zonas residenciales y en colonias —antes del advenimiento de los deshumanizados condominios—, nunca olvidará  esos afortunados tiempos.

El éxito mundial del Chavo del Ocho se debe a la sencillez, al calor humano, a la vida sin mayores complicaciones de aquellos años en que se produjo —1942—, la “congelación de rentas”, para evitar que los especuladores urbanos elevaran los alquileres,  y así frenar la carestía, cuando el litro de leche costaba quince centavos, la pieza de pan cinco centavos, el kilo de tortilla 20 centavos. Casi todo era de a centavo. En aquellos tiempos felices, el salario mínimo fue de cinco pesos.

En las vecindades, incluyendo las del Centro Histórico, había “cuartos redondos" —francamente no sé decir por qué se les llamaba así—, dotados de zote-huela, y lugar para la cocina-comedor y el baño. Había muchos, cuyo alquiler mensual representaba únicamente ocho pesos. Sí, ocho pesos.

Hay que decir  que muchas de esas vecindades eran un verdadero tesoro arquitectónico, con su escalera de barandales de hierro forjado, y sus arque rías de cantera. Solían tener fuente en el patio principal. Muchas vecindades formaron parte del patrimonio de las órdenes religiosas.

Recuerdo mis años de vida en vecindad, sobre todo las de Manuel Doblado 172, en el barrio de Tepito, y en la de República de El Salvador 135 —frente a la cual se filmó parte de “Salón México” en 1948—, en La Merced. Las recuerdo con especial cariño en estos tiempos navideños.

Tiempos navideños, de posadas en las vecindades ¡Cuánto las extraño! Las familias convivían y se cooperaban para la posada. La chiquillada, feliz, porque siempre había piñatas que romper. Los grandes cargaban los peregrinos, entre serpentinas, faroles y adornos de heno. Una vez cumplido el rito de pedir y dar posada, venía la quiebra de las piñatas y el baile, con los ritmos de moda, y en el centro de todo, el Nacimiento. El árbol de Navidad era otra cosa.

En las vecindades, todo mundo se ayudaba. Había solidaridad ante los problemas que se presentaban. Qué contraste con los edificios en condominio, donde los vecinos casi ni se conocen. Los muchos problemas de ahora no dan ocasión a la práctica de la vida personal.
Pocas vecindades quedan en pie. La usura de utilizar “racionalmente” los espacios, ha acabado con ellas. Viene la Noche Buena, al día siguiente la Navidad y mis años de vida en las vecindades me llevan a la evocación de aquellos años.


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Espacio a la Historia
Manuel Magaña
 
* Periodista desde 1952. Ha escrito 19 libros. La historia y la capital, son sus temas favoritos. Premio Nacional de Periodismo.
 
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