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Centenario del Titánic

 

A un siglo de distancia de la tragedia del "Insumergible", ¡el Titánic se niega a naufragar! Su historia quedó para la posteridad a partir de chocar con un iceberg y hundirse en el océano Atlántico, la noche del 15 de abril de 1912. Siete décadas después, el oceanógrafo Robert Ballard encontró los restos del trasatlántico en 1985 en el fondo de aquellas heladas aguas, y en 1997 la gran producción cinematográfica de James Cameron recibió 14 nominaciones al Óscar y ganó once, empatando el récord de la famosa cinta Ben Hur.

La noche del 15 de abril de 1912, el buque más grande y lujoso jamás construido fue a dar al fondo del Atlántico. La tragedia se convirtió en una especie de premonición aciaga acerca del fin del orden mundial imperante, del colapso de la hegemonía europea y ofreció una visión de pesadilla del lado oscuro de la tecnología.

El desastre del Titánic fue una batalla que cambió el curso de la historia, una parte fundamental de la mitología de la modernidad, una actualización del mito de Ícaro que ha sido matizada con gran variedad de anécdotas de singular egoísmo y cobardía, así como valor y entereza.

Fue el 10 de abril de 1912 cuando zarpó ese gran orgullo de la constructora White Star Line. La primera clase llevaba alrededor de 735 pasajeros, que gozaban de un lujo incomparable, como el café Verandah, que contaba con vajillas de porcelana y cubiertos de plata. Tenía también el salón principal, salas de lectura, gimnasio con instructor, baño turco, alberca y peluquería.

Todo ese lujo hacía único y excepcional su viaje de Southampton, Inglaterra, a Nueva York. El viaje costaba 4,500 dólares. Había 635 pasajeros en segunda clase. Otros 1,024 pasajeros compraron boletos de tercera clase. Nadie quería dar crédito a la noticia cuando la noche de aquel 15 de abril el barco chocó contra la punta de un iceberg, provocando posteriormente la muerte de 1,500 personas.

A mediados de los años ochenta, hubo un renacimiento del interés público por el Titánic, cuando el también geólogo submarino Robert Ballard dio con los restos de la famosa embarcación y revivió su leyenda.

Ahora bien, ¿por qué todos los desastres marítimos, por recientes que sean o famosos como el del Andrea Doria, el Lusitania o el Estonia, siguen quedando opacados ante la simple alusión del Titánic? En fin, el mar es un monstruo de respeto que no tolera tumbas.

 

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Alfredo Camacho
 
* Periodista con experiencia de más de 25 años. Dos veces Premio Nacional de Periodismo. Su especialidad es el campo cultural.
 
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