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Contra la magia negra


 

Muchos tienen la idea de que solo pueden ser santas las personas raras cuyos ojos siempre miran al cielo, que viven en soledad o que están ajenas al mundo. Piensan que para ser santo se necesita ser obispo o sacerdote, religiosa o monje, estudioso o célibe. Afortunadamente, esto no es así.

Los santos son personas que viven profundamente su fe y transforman con sus obras el ambiente que les tocó vivir. De esta manera hay santos que no hicieron grandes estudios, como Juan Diego o Isidro el Labrador. Hay santas que al enviudar se dedicaron a ayudar a los más necesitados, como Rita de Casia. Santas que se dedicaron a rescatar a mujeres de la prostitución, como María Micaela, y también personas que lograron la santidad a muy corta edad como san Luis Gonzaga.

Luis significa, en alemán, "luchador glorioso". Él nació en Italia, en 1568. Por ser hijo del marqués de Gonzaga formó parte de la nobleza, vivió ricamente y aprendió las artes militares. Su situación le permitía elegir entre dos tipos de vida: o se apegaba a los lujos y placeres, o bien, aprovechaba sus recursos para cultivarse y aprender las buenas costumbres sociales.

Afortunadamente, tuvo la influencia de san Carlos Borromeo, obispo de Milán, que no solo le dio la primera comunión, sino también le enseñó a vivir los valores. Con el deseo de ser sacerdote y dedicarse a servir, ingresó a la comunidad de los jesuitas que había fundado san Ignacio de Loyola.

Cuando Luis era seminarista, llegó a Roma la peste de tifo negro. Sus efectos fueron terribles y cortaron la vida a personas de todas las edades. Era tan fuerte la enfermedad que algunos contagiados caían en la calles y morían sin recibir ningún auxilio.

En cierta ocasión, cuando Luis tenía apenas 23 años, encontró a un moribundo en la calle. Decidido, lo cargó con cuidado, se lo echó al hombro y lo llevó hasta el hospital para que lo atendieran. Ese acto de amor hizo que el joven se contagiara y muriera el 21 de junio de 1591.

No llegó a ordenarse sacerdote y, sin embargo, comportándose como lo habría hecho el mismo Jesucristo, consagró su vida a él.

La vida de san Luis Gonzaga, a quien se celebra el 21 de junio, es un claro ejemplo de que la santidad no se consigue con largos rezos, penitencias o cosas extrañas, sino realizando cotidianamente, con amor y responsabilidad, las pequeñas cosas de la vida. Los santos son un modelo a seguir. Son los héroes y heroínas que reconoce la Iglesia.

Afortunadamente, aunque en la actualidad existen algunos jóvenes que han perdido el camino, son muchísimos más los que se dedican a hacer el bien, a construir relaciones y estructuras sanas, a colaborar en el ambiente familiar y a estudiar con entusiasmo para servir como profesionistas de un mundo mejor. ¡Que Dios bendiga a los jóvenes!

 

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