A Teresita Sánchez de López, samaritana solidaria.
El caso de América del Valle -quien solicitó asilo político a Venezuela hace un mes, pues era perseguida injustamente en México por sus actividades políticas relacionadas con la defensa de Atenco-, ha sido, al parecer, resuelto: su perseguidor se desistió de aprehenderla.
Ante eso, América –hija de Ignacio del Valle, víctima a su vez de una descomunal injusticia enmendada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación- salió de la sede diplomática de Venezuela aquí, legalmente territorio de ese país, y volvió al seno de su hogar, con su familia.
Sobre la joven Del Valle, quien es pedagoga, pesaban cinco órdenes de aprehensión, entre ellas una por la comisión presunta de un delito tan aberrante que debe ser derogado cuanto antes, el de “secuestro equiparado”, que el Estado mexicano usa para fines de persecución política.
El desistimiento de las órdenes de aprehensión –por su presunta responsabilidad en la defensa de los atenquenses ante un brutal asalto policíaco hace cuatro años— no fue de buena gana, sino con enormes reticencias y resistencias de las autoridades federales y locales mexiquenses.
Y es que, en efecto, la solicitud de asilo de América, trajo a un primer plano de atención mundial otro aspecto de lo que ocurre en México: la represión a la disidencia política –si no es que a la mera discrepancia— socialmente organizada por miles de mexicanos en movimiento.
Esa represión es, precisamente, el verdadero objetivo de la narcoguerra del poder político del Estado mexicano, controlado, en lo ejecutivo, por el PAN, la rama ultramontana del conservadurismo, y en lo legislativo por el PRI, lo menos virulento de ese mismo conservadurismo.
Nótese que una gruesa de los mexicanos emigrados a Canadá se considera a sí misma víctima de represión política. Esa afluencia de asilados había crecido tanto que el gobierno canadiense la redujo hace un año mediante el expediente de las visas. Pero las solicitudes de asilo aumentan.
La solicitud de asilo de la joven América implicó dilema para el gobierno de Venezuela y llevó al de México a una contradicción insalvable, pues habiendo sido éste un campeón del asilo político a no pocos latinoamericanos -venezolanos incluidos— se ha mutado, como es hoy, en represor.
Pero América ha mostrado el camino. No sólo Canadá asila a perseguidos, sino también, en teoría, otros Estados americanos, como Venezuela, aunque sábese hoy que hubo virtuosismo venezolano para evitar conflictos con México. La institución del asilo político debe prevalecer.